jueves, 24 de octubre de 2013

Entrevista a Joel Flores

Fotografía por Leonso Núñez 

Les presento la entrevista que le realicé al escritor Joel Flores para el suplemento cultural La gualdra, del periódico La jornada, de Zacatecas, que pueden encontrar aquí en su versión digital. El motivo de la presente entrevista (un poco más larga que la versión de La gualdra) fue la premiación y publicación de su libro Rojo semidesierto por el Certamen Internacional de Literatura 2012 Sor Juana Inés de la Cruz. Adelante y drisfrutenlo:



Joel Flores es un escritor zacatecano que a sus 29 años de edad ha tenido una trayectoria encomiable. Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en 2007 y residente de la prestigiosa Fundación Antonio Gala en 2009 -casa que acoge a artistas de todo el mundo-, vive actualmente en la zona restaurantera de Tijuana, imparte clases de Literatura y Comunicación Avanzada en Español a universitarios en CETyS Universidad y ha publicado dos libros de cuento: El amor nos dio cocodrilos, e-book que puede conseguirse en Amazon gracias a la editorial VozEd; y Rojo semidesierto (FOEM), con el que fue galardonado en el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2012, por los jurados Beatriz Espejo, Alberto Chimal y Eraclio Zepeda. Entre sus temas predilectos está contraponer el género fantástico con el realismo sucio, gracias a la violencia y los daños colaterales que provoca la guerra del gobierno federal contra el crimen organizado
 
Conocí a Joel gracias a los accidentes del ciberespacio y a su imbricada red de etiquetas que te ofrece Google al buscar el nombre de Amparo Dávila, pues el primer resultado al googlear a la escritora de Pinos Zacatecas es el cuento Amparo Dávila en la memoria ajena, una especie de homenaje a la imaginación de la narradora publicado en el blog Bunker 84 del joven escritor. Lo leí y el placer estético me orilló a escribirle al autor a través de Facebook. Esa acción detonó un diálogo creativo generacional: me convertí en lectora y reseñista de sus dos libros y uno más por salir bajo el sello de la Editorial Germinal de Costa Rica. En esta entrevista, hecha a distancia gracias al correo electrónico y a Facebook, busco entablar una conversación con Joel para que nos hable de su literatura, del cuento y su creación, de sus temas predilectos, sus lecturas, en qué se encuentra trabajando ahora y, sobre todo, de su libro Rojo semidesierto.

Lola Ancira: ¿Por qué escribir o, mejor dicho, por qué ser escritor?

Joel Flores: Supongo que porque no existe para mí otro oficio. Es lo único que sé hacer, aparte de enseñar literatura. Al principio creía que porque había sido una especie de elegido por alguna terquedad divina o accidente, pero con el tiempo he aprendido que mi oficio se reduce a una decisión: escribo porque no he encontrado una mejor manera de comunicarme con el mundo e interpretarlo. Y todo ello nació cuando estaba pequeño y mi madre llevó una computadora de escritorio a la casa. Se trataba de una Hp pesadísima, un dinosaurio en comparación con los ordenadores que usamos hoy en día. Cuando la vi, supe que ese mamotreto me serviría para escribir. Allí, en el estudio-habitación que improvisamos mi hermano y yo, llegué a pasar las noches escribiendo una especie de diario que nadie conocía mas que yo. Se trataba de un confesionario amortiguado por una escritura honesta e inocente, ilusa y sin visión, que lo mejor que le pudo haber pasado fue desaparecer junto a la vieja Hp. Con el tiempo y las lecturas empecé a tomar esto en serio, fue en la preparatoria, como ya lo he dicho en otras entrevistas, gracias a la amistad que tuve con Javier Báez, un narrador potosino del que ahora se sabe poco fuera de Zacatecas. Él me enseñó que, para ser un escritor de verdad, primero hay que ser un lector comprometido con la literatura. Para Javier la lectura es la esencia de todo: la escases de lecturas literarias en un escritor se reduce a una mirada sesgada del mundo y a un estilo limitado. Años después mis ganas de escribir un libro con la ayuda de una beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes me llevó a sesionar con David Ojeda, quien solía decirnos que no hay literatura sin experiencias de vida. Escritor que no ha vivido y quiere hacer literatura está siendo un impostor, al menos yo así lo pensaba entonces. En España, sin embargo, fue determinante mi amistad con Juan Gómez Bárcena dentro de la Fundación Antonio Gala. En ese recinto, gracias a la biblioteca pública de Córdoba, leí a escritores como Junot Díaz, John Cheever, Raymound Carver, Truman Capote, Sallinger, Hemingway y Tobias Wolf. Fue entonces cuando conocí el sentimiento de la hermandad literaria y empecé a leer y escribir como si respirara.

Lola Ancira: ¿Cómo nace Rojo semidesierto?, leo al final de todos los cuentos, en la parte de los agradecimientos, que fue escrito en tres etapas, una en Distrito Federal, otra en España y una más en Tijuana, durante cuatro años.

Joel Flores: En realidad fue un libro escrito en pausas, con muchas reestructuraciones. Para concluirlo entraron y salieron muchos cuentos. Siempre ha sido así mi sistema de creación, escribo, reescribo, borro, elimino, retomo, engarzo. Muchos amigos me han recomendado, incluso yo suelo hacerlo en mis clases de Metodología de la Investigación, que primer se trace un mapa de lo que se quiere escribir, antes de sentarse a teclear en la computadora. Sin embargo, yo no suelo seguir mis consejos, al menos no en esto. Primero escribo y después acomodo con más visión del material. Quizá en el libro siguiente use un sistema opuesto, pues cada libro exige el propio. Por otro lado, a pesar de que Rojo semidesierto es un libro de no más de 150 páginas, tardé cuatro años en finalizarlo porque lo inicié fuera de México, bajo una preocupación por mi país, mi estado, que jamás había sentido antes. Cuando llegué a Córdoba, durante el sexenio calderonista, pasó de todo: la gripe porcina, la invasión del crimen organizado a Zacatecas, secuestros, balaceras, desaparecidos, corrupción, y yo veía todo eso desde lejos, como rumores escuchados detrás de una puerta de hierro. Fue entonces cuando el libro que propuse para escribir a la Fundación Antonio Gala dio un giro abrupto. En esas fechas me encontraba viajando por Barcelona y tuve la oportunidad de cenar en la casa de unos catalanes pura cepa que estaban en contra del independentismo. Uno de ellos me regaló un libro llamado Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu, que me alumbró en muchos aspectos que buscaba como escritor. Tras mi regreso a la Fundación, empecé a escribir sobre los daños colaterales que provoca la guerra entre el crimen organizado contra la federación. Me ayudó mucho una serie de contactos que entablé gracias a Facebook y el correo electrónico con personas que, de cierta manera, habían sufrido o habían tenido que ver con esta catástrofe y tragedia; sus historias o rumores, así como las notas periodísticas, me sirvieron para ir estructurando algunos cuentos. Recuerdo que la versión final era de 100 páginas escritas a contra reloj durante 5 meses. Luego regresé a Zacatecas y escribí uno que otro cuento, empecé una novela y olvidé el libro. Me fui al Distrito Federal a buscar oportunidades como escritor y cerré parte del proyecto con la ayuda de Juan Gómez Bárcena, a quien le habían dado una residencia el FONCA ese año para extranjeros. Después regresé a Zacatecas, conseguí empleo en un periódico como editor y con las noticias que fui acumulando en su sala de redacción me di cuenta que lo que llevaba de ese libro eran rumores carentes de verosimilitud, hacía falta contraponer lo escrito, es decir la ficción, con más hechos reales, verdaderos. Trabajar en ese periódico fue determinante para mi escritura, nos llegaban de primera mano noticias sobre balaceras, secuestros, asesinatos, el empleo informal y más. Tras mudarme a Tijuana, tuve tiempo de terminarlo con todas las experiencias y apuntes que acumulé. Esta ciudad fronteriza me dio la tranquilidad y la visión para reescribir, detallar y engarzar un cuento o personaje con otros, para que el libro estuviera urdido por historias seriadas que hacen una unidad total, pero que puede leerse cada cuento como independiente, si lo sacamos del libro.

Lola Ancira: Recurres en tus cuentos al tema de los daños colaterales, donde verdugo y víctima son igualados por la catástrofe. Recuerdo, por ejemplo, esos cuentos donde una mujer se crea un embarazo psicológico luego de haber perdido a su hija por culpa del crimen organizado o aquel hombre que sufre de estrés postraumático diciendo todas las noches que el baño de su casa ha desaparecido, luego de haber sufrido un secuestro. ¿Por qué escribir sobre ese registro de la realidad inmediata y no por el género fantástico, como en tu primer libro El amor nos dio cocodrilos?

Joel Flores: Cuando empecé este libro quise hacer lo opuesto a El amor nos dio cocodrilos, quise escribir historias más humanas, inmediatas, como tú lo nombras, pero no apelar directamente a la palabra narcotráfico, que está compenetrado en el imaginario colectivo de los mexicanos. No me gustaría que ligaran mi obra en un futuro con el narcorrealismo, pues jamás con Rojo semidesierto busqué aliarme a sus filas. Respeto esta corriente literaria y admiro incluso a sus padres, pero yo busqué emular el imaginario de Juan Rulfo o José Revueltas, donde el terruño se convierte en un lugar universal, que puede ser comprendido por cualquier lector de cualquier parte del mundo y donde los desbarajustes de la vida, de un país, son la materia prima para hacer literatura. Sería tajante decir que no hay rasgos fantásticos en mi libro, pues el lector podrá encontrarlos pero representados como símbolos justificados o ligados a un aspecto real. El sólo hecho de renombrar a los malos, al crimen organizado, como La Compañía, como un símbolo casi metafísico de amenaza por sus acciones, bien podría leerse como el mismo símbolo del visitante del cuento de Amparo Dávila, la muerte roja de Poe o la energía que desalojó de su propia casa a los jóvenes del cuento “Casa tomada” de Julio Cortázar. El embarazo psicológico de esa personaje, no es más que el símbolo de esperanza de los personajes que, ante la tragedia, buscan una solución rápida para seguir hacia adelante, aunque esa esperanza sea ilusoria, vacilante, como lo propio en el género fantástico. En cuanto a la prosa, traté de que fuera más flexible y menos golpeada, incluso por esas razones acudí a la teoría del narrador indirecto libre, donde la voz narrativa del narrador se funde con la de los personajes. Esto apuesta va encaminada, supongo, a una madurez creativa, a una búsqueda personal del uso de nuevas herramientas para hacer literatura y no repetir los esquemas, los retos de siempre. En cuanto al espacio y lugar, en Rojo semidesierto quise anclar todas las historias a una entidad federativa de México, salen espacios como Tijuana, Mexicali y sobre todo Zacatecas, incluso colonias nuevas y viejas.

Lola Ancira: Hablas de Julio Cortázar, Rulfo y Revueltas como referencias de este libro. ¿Cómo influyen en Rojo semidesierto? ¿Son los únicos escritores que fungieron como influencia para ti a la hora de escribir estos cuentos?

Joel Flores: En realidad fueron referencias de forma inconsciente, las nombro como prueba de que, tal como dice Juan Villoro, uno debe ser lector antes que escritor. Bajo esa fórmula se aprende infinidad de herramientas narrativas, se crea uno su propio taller y cuelga allí esas herramientas, pero no suele usarlas del todo o las usa a medias cuando uno escribe. Rulfo es y será un referente de la literatura nacional que a muchos nos ha servido como un tesoro de influencias, al igual que José Revueltas. Sin embargo, no tenía a estos escritores al lado cuando escribí cada uno de los cuentos de este libro. Tenía a otros, como Cheever, Capote o el mismo Junot Díaz, pero quise tropicalizar la estructura que ellos proponen en los míos, no imitándolos, no emulándolos, y allí vaciar los conflictos latentes de un país, una ciudad en específico, que es Zacatecas. Ahora que leo el libro con la distancia, veo que ningún cuento se parece a alguno de los escritores que nombro. Todo lo contrario, hay una propuesta personal, un estilo propio, desde la estructura particular hasta la total.

Lola Ancira: Cambiando un poco de tema, ¿qué opinas de los premios literarios? ¿crees que en realidad los gana quien los merece?

Joel Flores: No creo que esta vida sea tan justa como para dar a todos lo que nos merecemos o creemos merecer. Si fuera así no existiría la literatura, las artes. Por otro lado, los premios literarios no hacen o deshacen a un escritor o lo que escribe. Sin embargo, el sistema de competencias neoliberal provoca que los escritores compitamos entre nosotros mismos y nos veamos con recelo, como en una prueba de a ver quién gana más premios y a ver quién tiene más libros y más becas. Eso provoca que se originen infinidad de argumentos en contra y a favor de los premios, pero sobre todo que se cumpla una de las máximas que Gabriel Zaid escribía en su Los demasiados libros: los escritores de hoy en día quieren que los lean, pero no quieren leer al otro, porque tiene más becas, libros o más premios que él. A eso hay que añadirle que las editoriales mexicanas no se arriesgan a publicar a escritores jóvenes y apostar por una difusión de sus obras. Para ellas los escritores jóvenes son los que tienen de 30 a 35 años de edad y no los menores de 30, los que inician. Y las editoriales como Tierra Adentro fichan a muy buenos escritores jóvenes pero malbaratan sus libros y no les dan una difusión adecuada, ni dan seguimiento al proyecto con la reedición. No por nada son muchos jóvenes y no tan jóvenes los que apuestan por los concursos y no por las editoriales comerciales. Yo no veo mal lo primero, es una oportunidad que te da el Estado para publicar y promocionar tu libro, misma que te está negando una editorial comercial. Cada quien sabe qué hacer con lo que escribe. El punto aquí es, y muchos lo discuten, si en realidad los libros que están ganando los premios son buenos o malos, y creo que la respuesta a ello depende de cada escritor y su resentimiento o amor a jurados y premios literarios. Pues lo emocional muchas veces nos hace ser subjetivos y juzgar por cómo nos fue en el baile y no con una visión crítica objetiva. En mi caso, sólo una vez he mandado un libro a concurso, fue uno internacional, donde sabía que iba medir mi literatura con la de escritores con trayectoria de otros países y no con los de una sola región. Jamás pensé, al enviarlo, que la tenía ganada. Es un albur y el hecho de que mi libro salió seleccionado no significa que yo sea el mejor o el peor escritor de México o de mi generación o de Latinoamérica, cosa que muchos escritores por salir nombrados en una lista o seleccionados en una antología suelen creer. Significa que mi libro le gustó a un jurado que tiene cierto gusto literario, que congenió en la liberación. Posiblemente si hubieran elegido a otros jurados, mi libro no habría ganado, y eso tampoco significaría que yo soy un mal escritor, porque tengo bien en claro las razones por las que escribo.

Lola Ancira: Hablemos del género cuento, tienes dos libros y está por salir uno más en Costa Rica, ¿cómo lo defines, por qué escribir cuento y no novela?

Joel Flores: Escribir un libro es tomar una decisión de vida, yo inicié ese género porque estuve en un taller de cuento a los 17 años, pensando que era con el que debía empezar para ser narrador. Luego entendí, por la tradición norteamericana del cuento, que un libro de cuentos como opera prima significa presentar tu mazo de cartas, los posibles temas que podrás abordar en el futuro, en tu literatura. Sin embargo, también entendí que existen dos tipos de libros de cuento: el que se escribe como si fueras acumulando experiencias, de forma más lírica o libre, y el que se escribe sujeto a un tema, una estructura, un imaginario. Mis dos primeros libros están inscritos en la última descripción, ambos están sujetos a un imaginario determinado. El primero, al género fantástico y a los problemas sicológicos, se trata de una especie de catálogo de personajes raros, disfuncionales. El segundo, en cambio, se centró, como ya se sabe, en los daños colaterales que provoca la guerra entre el crimen organizado y el aparato de justicia y seguridad de un país, y en esa lucha verdugo y víctima son igualados por la catástrofe: no hay malos ni buenos, sólo hay vidas rotas que buscan la esperanza. Siempre quise que su escritura fuera un destello falso de novela, de historias que se concatenan para formar una sola historia, la de Zacatecas, hundido por la inseguridad y el terror. Decía Borges que el cuento es equiparable a un sueño, por efímero y por toda la concentración poética que reúne para dar placer estético al lector. Yo, en cambio, pienso que es una pesadilla que debe remover las fibras sensibles del lector hasta provocarle vértigo. Por otro lado, el libro que está por salir en la Editorial Germinal también es de cuento, pero ya llegará el día en el que podamos hablar de él.


 

sábado, 19 de octubre de 2013

Rojo semidesierto – Joel Flores




Reseña personal: Rojo semidesierto de Joel Flores (escritor de Zacatecas, México, 1984) es el segundo libro de cuentos publicado por el autor (el primero es El amor nos dios cocodrilos, reseñado con anterioridad) y con el cual fue ganador del Certamen Internacional de Literatura 2012 Sor Juana Inés de la Cruz (cuyo jurado estuvo integrado por Beatriz Espejo, Eraclio Zepeda y Alberto Chimal), así que lo que tenemos aquí es algo célebre.



La edición del libro, realizada por el FOEM (Fondo editorial Estado de México) está muy cuidada y es excepcional, pues desde la portada hasta la tipografía y el color utilizado para los títulos y la numeración de las páginas, se está frente a una obra estéticamente llamativa y un contenido aún mucho más atractivo.



Este semidesierto se restringe a catorce acontecimientos intricados a través de la técnica literaria de los vasos comunicantes, donde los personajes oscilan entre una historia y otra en diferentes papeles, ya sea como hijos, padres, vecinos, contrincantes o incluso alucinaciones.



Rojo semidesierto es la testificación de una víctima-narrador omnisciente que habla por todas las mentes y cuerpos que viven la violencia de la sociedad en una ciudad que olvida cada vez más la civilidad y adopta la agresión y la crueldad como forma de vida, ya sea por decisión propia o de manera impuesta. Es un semidesierto manchado de rojo por la sangre que ya no sólo lo salpica, sino que lo empieza a empantanar todo.



Las temáticas constantes en este semidesierto son la violencia, la crueldad y los diferentes perjuicios que las labores de La compañía acarrea para todos aquellos que tienen la desdicha de vivir en la ciudad en la que les ha tocado vivir y donde abandonar o desertar parecen las opciones más factibles, pero también las más reprobables y egoístas.



A pesar de hablar sobre narcotráfico, este libro no podría ser considerado como narcoliteratura, según el propio autor, pues no es literatura para narcotraficantes, sino literatura sobre narcotraficantes, por lo que la denomina como narcorrealismo.



De lectura ágil, las más de cien páginas que integran el libro conforman una unidad que delata una realidad muy cercana y para la que no se vislumbra un cambio próximo. Francisco es uno de los personajes que se pueden encontrar en estas historias: es el hijo que ha partido en Los que extrañan, un novato a prueba en Los que esperan y un ejecutor en Los que se traicionan, cambiando de papel según la mirada del narrador y las diferentes perspectivas de los involucrados en las escenas. En Los que vigilan, Ramiro Vidal encarnan a la perfección la frase “querida, por favor, por lo que más quieras, no sabes, en verdad no sabes el infierno por el que estoy pasando en el trabajo.” Tras los cuarenta mil pesos mensuales de su sueldo se esconde el motivo de su estrés y esa culpa que lo vuelve indigno del afecto de su esposa e hijos, mientras que las visiones y voces permanecerán embrujando su mente, aún dejando ese empleo.



Gracias a la premiación de este magnífico libro, que puede considerarse dentro de la corriente del realismo sucio, podemos darnos cuenta que, desde hace algunas décadas, el canon literario está siendo desplazado poco a poco, esto sin demeritarlo ni mucho menos, pero sí como una muestra de que todo cambio es necesario y más en la literatura, este coloso vivo que evoluciona y cambia con cada ferviente adorador que aporta su arte, ayudando a hacerlo crecer cada vez más y transformarlo según las necesidades socioculturales, en cuanto a una narrativa realista se refiere.

Algunos ejemplos más de autores del realismo sucio son Manuel Puig (Argentina, 1932-1990) con Boquitas pintadas (1969), Pedro Juan Gutiérrez (Cuba, 1950) con El rey de la Habana (1999), o Charles Bukowski (Andernach,1920–1994), uno de los escritores más conocidos de este movimiento, con La senda del perdedor (1982).



Los cuentos de Rojo semidesierto son amenazas olvidadas que vuelven para llevarse lo más sagrado y querido, mentiras que más allá de ser piadosas son siniestras y pérfidas, ocultación de información como medio de defensa ingenua, traiciones premeditadas esperando por suceder, balas que en segundos eliminan adversarios, ansia de poder y fantasmas que carcomen consciencias, vidas inocentes anuladas por encontrarse en el lugar y momento equivocados y una realidad que alarma a quienes permanecemos vivos y en aparente margen de estos sucesos.
 
Joel escribió una entrada en su blog hablando de lo que significa para él haber ganado este premio en su vida como escritor, y sorprende que en sus declaraciones se lea tan cercano y honesto, no como alguien petulante que se jacta de su vocación, sino como un escritor que es real y se muestra sorprendido por este premio inesperado.



Para terminar, les presumo mi ejemplar, dedicado por el propio autor, que me hizo muy feliz al estar en mis manos:






A continuación, transcribo algunas de las mejores frases del libro.


A todos nos alcanzó una persecución, un secuestro, un asalto, la llama de un edificio ardiendo. Por eso detestamos vivir aquí, por eso huimos como si lo hiciéramos de nuestra sombra. Y como no pertenecemos a familias que se les escape el dinero de las manos, prostituimos nuestras mentes a cambio de becas que nos saquen, a cambio de cortas estancia que nos hagan olvidar intermitentemente el lugar donde nacimos.” P. 13



Y supongo, porque cada vez que escribo no hago más que suponer sucesos que mitigan los dolores, que huía del lastre que había engendrado la familia, sus separaciones y descuidos.” P. 14-15



Suicidarse, huir, si se le puede llamar de esa manera, como un hermoso pacto entre chiquillos que se juran amistad eterna, una muerte que podría unirlos aún más en otro lugar, uno lejos de nosotros.” P. 16



Lloraba por los que sueñan con irse, pensando que por fin reiniciarían su vida y no se van, porque algo más fuerte, inexplicable, algo que no tiene nombre los detiene y aprisiona.” P. 18



El hombre se tragó sus palabras. Imaginó que si fueran de carne y hueso, andaría por la calle con las comisuras de los labios reventadas.” P. 83



Así es la vida, se acordó. Un costal de problemas y secretos que uno debe cargas a diario aunque lo canse y lastime.” P. 85



Miró por el retrovisor al 34 y apenas descubrió que no era más que un tipo tan igual a él, quizá de 22 años, quizá menos. Igual de iluso y valiente, de armado y de pendejo.” P. 91



Agarro el arma y meto el cañón a mi boca y sólo saliva y lágrimas caen en el metal. Si no tengo siquiera los güevos para vengarte, ¿cómo voy a tenerlos para acabar conmigo?” P. 98

sábado, 28 de septiembre de 2013

Generación quemada (una antología de autores norteamericanos) - Epílogo de Zadie Smith




 Reseña personal: Generación quemada (una antología de autores norteamericanos), publicado en 2005 por la editorial Siruela, es un libro que reúne, en casi 300 páginas y gracias a los editores italianos Marco Cassini y Matina Testa, diecinueve cuentos de diferentes autores norteamericanos, como bien lo sugiere el título, pero son específicamente estadounidenses y relativamente contemporáneos. Cronológicamente, van desde Ken Klaus (1954) hasta Jonathan Safran Foer (1977), pasando por George Saunders (1858), Judy Budnitz (1973), Myla Golberg (1971) y David Foster Wallace (1962), entre otros, que Zadie Smith (escritora británica, 1975) definiría como Esos escritores, con frecuencia muy diferentes en estilo entre sí, pero que tienen en común cierta tristeza que emana de todos ellos.



La edición no cuenta con prólogo, pero sí con un epílogo que dejaron en manos de Zadie Smith, quien en algunas páginas explica el título de la compilación (que originariamente fue Los niños quemados de América), la razón de su creación y su relación personal con los editores, creando así una clase de relato esclarecedor del nacimiento del libro, del que puede dar una mejor crítica a través de una mirada externa del contexto social de los escritores. Transcribo una buena parte porque así lo creo necesario:



'Las voces de esta antología forman un coro melancólico. (...) ¿por qué tanta tristeza si la comunidad descrita en estas historias (y las personas que las han escrito) está integrada sobre todo por norteamericanos privilegiados, bien educados, con suerte, ricos, en la mayoría de los casos blancos, anglosajones y protestantes? ¿Por qué están “quemados” estos escritores? ¿Cuál es el trauma que los ha llevado a esa situación? Dos cuestiones parecen fundamentales: el miedo a la muerte y la publicidad. Las dos, por supuesto, están íntimamente unidas. No existe la muerte en la publicidad, ya que es un tema tabú, y esta generación ha visto crecer la publicidad hasta convertirse en la estructura misma de la vida. Por otra parte, la muerte se revela como el siniestro aguijón que nunca imaginaron al final de la historia.'



Me encuentro muy alejada de estos autores y en general, de la literatura norteamericana actual, y llegué a este libro gracias a un joven escritor mexicano, que es un muy buen amigo mío. Así que, gracias a sus recomendaciones, aquí estoy, entre autores quemados, ese natural miedo a la muerte y la modernización, entre máscaras electrónicas adaptables que modifican la voz en ¡Se hablar! de George Saunders; un cáncer que se desearía fuera comunitario y no individual en Cisternas de Judy Budnitz; un infante que guarda el peligro y la fatalidad en su pañal en Encarnación de una generación quemada de David Foster Wallace; dientes que crecen sobre la piel y se multiplican sin razón aparente en Odontofilia de Julia Slavin; muñecas Barbies perfectas y con vida en un mundo paralelo en Una verdadera muñeca de A. M. Homes; polvos que crean dobles aún más insensibles que los seres humanos en Sueño de Shelley Jackson; una vida de inmundicia para la mayoría gracias a la explosión demográfica en Videoapartamento de Jonathan Lethem y un doloroso lenguaje simbólico que ha sustituido a la palabra, cuando por alguna extraña y sentimental circunstancia, se niega a ser dicha en Manual para puntuar las enfermedades del corazón de Jonathan Safran Foer. Pero también existen centros comerciales que no pueden ser vistos, gusanos radioactivos, un perro que escribe y personas que han expuesto su vida o han sido expuestas por distintas razones en estas letras, que han sido escritas sobre cenizas.



Generación quemada debe su nombre al cuento breve de David Foster Wallace, Encarnación de una generación quemada, un relato inmerso en la desesperación del protagonista y sus progenitores, donde no se sabe qué es más doloroso, si vivir la tragedia en carne propia y perder la consciencia siendo aún consciente, o ser un observador incapaz de ayudar, tan prescindible como todo lo externo pero tan sensible que sufre lo mismo por el dolor ajeno que por el propio, por saberse en parte responsable y negligente, al igual que la generación que precede a la generación quemada.

La última y tercer parte del libro son las Notas bibliográficas, donde cada autor cuenta con un párrafo en el que se describe brevemente su obra y la fuente de su cuento seleccionado para esta antología. Entre otros datos interesantes, es en esta sección donde encontré que Jeffrey Euginides es el autor de The Virgin Suicides, novela de culto publicada en 1993 y llevada al cine en el 2000, por Sofía Coppola. La película es increíble y el soundtrack igual, me encantaría poder leer la novela pronto: 







Para finalizar, cito de nuevo a Smith, que cita a Saunders y este a su vez a Chejóv, como una especie de cita in cita, inevitable y fenomenal:



'... (la buena escritura requiere, “exige”, buen ser...) El “y si...” es el motor de la ficción, está ahí para producir placer y, cada vez más en los días que corren, iluminar el dolor. Nos despediremos ahora con George Saunders en una entrevista en la que citaba a Antón Chejóv, un escritor que hizo de los “y si...” el lema de su vida.'



'La gente no se cansa de decirme: “Pero pareces muy feliz”. Y es verdad que lo soy. Pero me encanta esta cita de Chejóv: “Debería haber un hombre con un martillo detrás de la puerta de cada hombre feliz, para recordarle con sus martillazos constantes que hay personas desgraciadas y que, por feliz que pueda ser, antes o después la vida le enseñará los dientes”. Ésa me parece a mí que es una función muy legítima de la literatura: precisamente la de golpearle a uno la puerta. A mí me parece del todo natural decir: “Sí, la vida está muy bien, pero no para todo el mundo. Y cuando no es buena, son éstos los sentimientos que se tienen”.'



Algunas de las frases memorables las transcribo a continuación, núcleos dispersos en estas historias en las que abunda la inquietud:



Entraba, le ofrecía las galletitas, me sentaba y miraba a aquella chica a cuyo lado había dormido meses y meses – cinco para entonces-, y la detestaba.” P. 33



Digamos, por ejemplo, que no la he querido nunca, que lo que hay entre nosotros no es más que un apaño doméstico, que nos desnudamos y nos tocamos, que estamos juntos por comodidad, que nos faltan algunos elementos de lo que normalmente llamamos amor.” P. 39



Te hacen sentir que puedes ver tus pensamientos flotando, oscuros, justo debajo de la piel, como moratones.” P. 50



¿Por qué recurrir al teléfono para hablar con alguien que parece vivir dentro de tu piel?” P. 59



Pese a todos, no hay nada en el mundo que desee tanto como creer a esta criatura estúpida, tan llena de optimismo.” P. 102



-Sabes que me gustas mucho -le dije a Barbie.

-A mí me pasa lo mismo -respondió, y por un momento no estuve seguro de si le gustaba yo o se gustaba ella.” P. 140



Me froté contra la rayita, contra la parte posterior de sus piernas y contra el espacio intermedio. La volví de espaldas, para poder hacerlo sin tener que mirarle la cara.

Me corrí muy deprisa. Me corrí por toda la Barbie y fue la experiencia más horrible que he tenido nunca. El semen no se le quedaba encima. No se adhería al plástico. Cuando terminé tenía en la mano una Barbie cubierta de semen y era como si no supiera de qué manera habíamos llegado a aquella situación." P. 145



... si la realidad surge de las entrañas del artificio, entonces todo el mundo cae de rodillas ante semejante prodigio. Será un dios vivo.” P.163



Un día son niños y niñas y el siguiente delincuentes y toxicómanos.” P. 167



...libros que, por lo inconexo de su relato y la vaguedad de sus metáforas, están escritos para facilitar la transición al sueño desde el estado de vigilia.” P. 193



... básculas para pesar pesadillas y calibradores para medir su anchura.” P. 193



... en algún universo paralelo sólo visible por el rabillo del ojo...” P. 193

jueves, 26 de septiembre de 2013

El carrito – César Aira

 
 «Uno de los tres o cuatro mejores escritores que escriben en español actualmente.» Roberto Bolaño

«César Aira es uno de los novelistas más provocativos e idiosincrásicos de la literatura en castellano. No hay que perdérselo.» Natasha Wimmer, The New York Times.


En la última entrada les presenté uno de los libros de César Aira (escritor argentino, 1949), y anuncié que la siguiente entrada sería para uno de sus cuentos, El carrito, publicado en febrero de este año en el libro Cuentos reunidos por la editorial Mondadori, que compila diecisiete relatos cortos del autor escritos entre 1996 y 2011. Este libro actualmente se encuentra en mi lista interminable de libros por conseguir y/o leer, así que por lo pronto, sólo les hablaré un poco del autor y del cuento en cuestión (transcrito al finalizar), para que puedan disfrutar de su lectura.

Respecto a mí interpretación, El carrito representa todo aquello que pierde su singularidad al encontrarse en un ambiente abundante y copioso, incluso asfixiante, donde los detalles quedan relegados por cuestiones más apremiantes, como el consumismo o todo lo que constituye a esta cultura desechable, y es precisamente en esos detalles donde se encuentra el secreto de la existencia o de misterios trascendentales, pero que se perderán si nadie está dispuesto a prestarles la debida atención.

En esta entrevista, Aira habla sobre su proceso creativo y de su escritura en sí, de sus motivos para crear mundos alternos y algunos de sus gustos literarios. Es un video realmente corto pero abundante en información clave para entender a este peculiar escritor (está en español pero tiene subtítulos en inglés):



A continuación, algunas otras características sobre su obra y perfil como escritor se esclarecen gracias a un entrevista realizada en 2004 por la 'Revista internacional de narrativa breve contemporánea The Barcelona review', una de ellas fue:

¿De qué manera plasmas en la novela tu visión de la realidad?

Cesar Aira: Por algún motivo, siempre he sentido que la realidad es algo que hacen los otros y que yo estoy condenado a ver desde afuera. Supongo que esa distancia debe darle un tono especial a lo que escribo, quizás un matiz de extrañeza, quizás (ojalá) de libertad. Pero debo decir que a mis libros, más que como reflejo o representación, los pienso como instrumentos o herramientas, para operar sobre la realidad, precisamente.

Sin más, el cuento.

El carrito


Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. Tan igual era a todos los demás que no se lo distinguía por nada. Era un supermercado enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos carritos. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.

Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El super era tan grande y laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa ocasión, al encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.

En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos.

Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo.

Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más. Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas?

Y aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.

Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración. Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro.

El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:

–Yo soy el Mal.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Parménides – César Aira





Reseña personal: Parménides (Mondadori, 2006) de César Aira (escritor y traductor argentino, 1949) es una de las múltiples novelas del autor, que cuenta con más de 60 libros publicados. Aira es un escritor considerado 'excéntrico' o fuera de lo normal por otros escritores y críticos, pues su literatura está fuera de lo convencional.

Yo lo conocí a través de su obra Congreso de literatura y quedé fascinada precisamente por eso, por ser un escritor fuera de las normas o el canon literario establecido, y claro que ahora es más usual encontrar este tipo de autores que hace unas décadas, pero lo diferente siempre creará controversia. Tiempo después leí El carrito, un cuento muy cómico (y que por cierto, subiré en la siguiente entrada del blog); después otra de sus novelas, titulada Cómo me hice monja, una historia encantadora sobre problemas de identidad debido al género; y finalmente Parménides, que curiosamente fue el libro por el que comencé el blog, pues buscando citas sobre Aira, di con un blog que tenía una pequeña reseña y citas sobre esta obra. La idea me pareció genial, y ya que desde hace años transcribo las citas de los libros que leo, decidí seguir el ejemplo y comenzar a escribir mis propias reseñas, y aquí estoy, así que gracias a Aira por esto, también.

Parménides es la historia, narrada en tercera persona y en 125 páginas, de un filósofo presocrático de familia rica del siglo V a.C. que realmente existió: Parménides de Elea y es una especia de biografía apócrifa. Se le atribuye una sola obra, un poema épico del que solamente se han encontrado fragmentos. En el caso del Parménides de nuestra novela, es precisamente una obra en verso la que hace escribir a un poeta desconocido de la colonia griega Elea, llamado Perinola, para adjudicarse la autoría a cambio de riqueza.

Hasta ahí, personalmente, el libro no me llamaba mucho la atención, pero es la intención intrínseca del autor lo que vuelve esencial a esta obra: Aira navega en la vastedad del significado de ser escritor, las razones, motivos, resultados, ironías, dificultades y frustraciones inherentes a este viaje incomprensible para muchos, inclusive para los propios escritores. Y esto fue por lo que decidí leerlo y ahora se encuentra en mi lista de libros predilectos.

Lo único que nos separa del tiempo histórico de la obra son los siglos, pues la labor del escritor sigue siendo tan enigmática y complicada como siempre, e incluso existen varios guiños que nos acercan aún más a la obra, como el siguiente fragmento, donde Aira se refiere a los ghostwriters, autores que escriben textos que van desde libros hasta ensayos o artículos en nombre de algún otro autor ya reconocido o famoso, a cambio, generalmente, de dinero:

'... y los que en el porvenir recurrieran a esta clase de servicios también preferirían mantenerlos en las sombras, como un “fantasma”. De modo que el precedente que él estaba sentando con sus decisiones se transmitirían en voz baja, como una tradición esotérica.'

Una de las premisas de Aira en esta obra es la de la muerte o desaparición del autor, muy en boga en la teoría literaria contemporánea. Al convertirse en ghostwriter, Perinola desaparece como autor y otorga su obra a aquel que tiene el poder adquisitivo para obtenerla. Parménides, por su parte, también desaparece como autor, pues en realidad la obra sólo le pertenece como una especie de copyright. La muerte del autor intercede en referencia a que la obra no es propiedad de quien la creó, sino de la cultura y el lector. No me meteré en más detalles, pero pienso que la teoría tiene sentido en algunos aspectos, ya que el ser humano escribe siempre sobre tópicos de importancia metafísica y vital, pero desde diferentes aspectos o vivencias, como lo explica la frase del escritor Ambrose Bierce que dice “No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos”. No estoy de acuerdo en que el autor se vuelva anónimo, quizá porque soy partidaria de dar honor a quien honor merece, pero esto es un tema que da para mucho más y por ahora lo dejaré aquí.

Siguiendo esta línea, otra de las premisas de Aira se encuentra en la banalidad de la que pueden ser víctimas algunas personas dentro del mundo literario, al dejarse llevar sólo por el reconocimiento, la fama y la opulencia (como podrían ser la mayoría de los escritores de bestsellers): “Un libro podía viajar y llevar lejos su fama.”

No hay que ignorar ni pasar por alto ese ambiguo trato entre editores y escritores, pues finalmente, de alguna u otra forma, es un negocio que paga, generalmente mucho más a las editoriales que a los escritores, pero negocio, al fin y al cabo.

Con problemáticas actuales llevadas a los presocráticos, Aira resuelve de la mejor manera hablar de lo que pocos harían en un texto literario, y de la mejor manera. La historia, por supuesto, tiene su encanto propio, y las últimas líneas confirman las primeras, el texto se reafirma a sí mismo y los eventos desafortunados concluyen varios años de amistad y un trabajo que desde el principio de su existencia ha dado mucho en qué pensar... y hablar.

Este libro queda, por mi parte, más que recomendado para escritores de cualquier gremio y en el estado en el que se encuentren: vendidos, comprados, rendidos o ejerciendo.

En la selección de frases seguramente hay una que en caja perfecto en cualquier momento de la vida de un escritor, así que, sin más, aquí están:

... no aspiraba siquiera a lo genuino que, debía saberlo bien, no le aportaría ni fama ni dinero. Y explotando la ignorancia general, había logrado cierta fama...” P.12

Los cargos, las responsabilidades, la carrera de los hombres emprendida en la primera juventud y desarrollada sin pausas, le habían restado tiempo para la tarea reflexiva y solitaria de escribir, por la que siempre se había sentido atraído.” P.13

Era de esa clase de hombres, frecuente entre los escritores. La vida se le iba en pensarla.” P.19

... ese escrúpulo de escritor de variar las formas, inútilmente.” P. 27

Parménides le había dicho muchas cosas: superficiales, inconexas, vacuas, pero evidentemente así era él, y sus proyectos no podían ser distintos.” P. 35

La escritura imponía una determinación, y la vaga promesa de 'cualquier cosa' se deshacía entre las manos, su libertad se revelaba ilusoria.” P. 37

Debía escribir tonterías y lugares comunes a la medida de su empleador, pero a la vez debía hacerlo lo bastante bien como para retener el empleo. Le daba la impresión de que siempre que uno escribía estaba entre dos opciones equivalentes.” P. 45

La vida de escritor era una vida de sueños.” P. 45

... la insólita sospecha de que hubiera escrito algo bueno sin querer. La mera idea era desestabilizadora. Porque no lo había escrito 'en serio'. Había sido algo así como la redacción de una trampa, a más bien un señuelo. Las intenciones no habían sido poéticas ni por un segundo. Pero quizá le faltaba aprender eso: que las intenciones no contaban, Quizá escribir era siempre escribir, y la calidad se decidía en otra órbita.” P. 46

... el 'libro' siguió en marcha, en un plano cada vez más ilusorio, aunque sin perder nunca su carácter de inminente.” P. 47

... para él escribir siempre había sido una actividad privada. Casi secreta, de la que jamás se le habría ocurrido hablar en familia.” P. 50

... una personalidad de escritor no tenía nada de atractivo en sí.” P. 53

Los artistas o sabios sedentarios, que los había también, eran hombres de invención, no de memoria, obligados por la falta de recuerdos a crear y volver a crear siempre los mundos en su mente.” P. 65

La felicidad siempre tiene algo de anticipación; nunca está exactamente en su lugar.” P. 67

... la gente segura de sí misma y satisfecha con su vida y su pensamiento era inmune a la realidad.” P. 67

le pasó con casi todo lo que había escrito aquella vez. Era como si, dado el tiempo suficiente, los hechos de la vida pudieran crear el sentido de cualquier combinación de palabras.” P. 69

La lógica indicaba que podían (y debían) complementarse. Pero la vida no siempre obedecía a la lógica, y el resultado de la complementación fue una obra infinitamente postergada y un hechizo general de espera.” P. 71

Volaba directamente, con alas de libélula, a las realidades del sueño, pero llegaba a ellas gracias a la laboriosa travesía de caracol que cubría las distancias palabra por palabra.” P. 79

... la obra... su poesía, la justificación de su existencia.” P. 93

... del más pequeño agujero de la imaginación podían salir figuras y palabras sin fin, una riqueza innumerable por la que no había más que dejarse llevar.” P. 97

Escribir para otro implicaba borrarse a uno mismo como autor: malo para la vanidad, pero al menos rápido, como toda desaparición.” P. 102

Existían los olvidos defensivos, de 'resistencia pasiva'...” P. 105

Toda la caminata había estado sobrevolada por la sensación placentera de haber escrito...” P. 111

Haber escrito contenía la promesa de escribir más.” P. 111

Quizá el problema de los escritores era que siempre querían hacerlo bien, siempre querían escribir 'en serio', y podían pasarse la vida sin empezar, tan abrumadora se presentaba la exigencia de expresar su verdad.” P. 112

La reconstrucción de los pensamientos pertenece al orden de la ficción.” P. 114

... el presente podía llegar a resistir demasiado, a hacerse intratable.” P. 124