martes, 10 de julio de 2012

El libro de los amores ridículos - Milan Kundera




Breve reseña personal: El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera (escritor checo, 1929) es un libro conformado por varias narraciones protagonizadas por personajes hedonistas de psicología complicada y cuyas temáticas principales son las contradicciones y absurdos existentes en las relaciones sentimentales (y físicas) humanas, lo irreversible del tiempo y el valor agobiante que se le otorga al pasado.

Kundera, confabulando con el humor, da lugar a una lectura ligera de estas diversas problemáticas humanas complejas.

He aquí algunas frases seleccionadas del libro, donde reside algo de su filosofía:

“Vivía como un excéntrico que cree pasar desapercibido tras una elevada muralla, sin percatarse de un único detalle: de que la muralla es de cristal transparente.” P.31

“Por suerte las mujeres tienen una habilidad mágica para modificar ex post el sentido de sus actos.” P.102

“Los deseos infantiles salvan todos los obstáculos que les pone el espíritu maduro y con frecuencia perdura más que él, hasta la última vejez.” P. 103

“También el juego encierra falta de libertad para el hombre, también el juego es una trampa para el jugador (...) El juego no tiene escapatoria; el equipo no puede huir del campo antes de que finalice el juego, las piezas de ajedrez no pueden escaparse del tablero (...)” P. 115

“El erotismo no es sólo un deseo del cuerpo, sino también, en la misma medida, un deseo del honor. La pareja que hemos logrado, la persona a la que le importamos y que nos ama, es nuestro espejo, la medida de lo que somos y lo que significamos. En el erotismo buscamos la imagen de nuestro propio significado e importancia.” P.129

“(...) el amor es precisamente aquello que es ilógico.” P.135

“Mear en la naturaleza es una ceremonia religiosa mediante la cual le proferimos a la tierra que alguna vez regresaremos a ella por entero.” P.140

“Lo único que puede dar la medida del amor es la muerte. Al final del verdadero amor está la muerte y sólo un amor que termina en muerte es amor.” P. 168

“La endiablada relatividad del mundo.” P. 169

“Puede que un hombre y una mujer estén más cerca el uno del otro cuando no viven juntos y cuando simplemente saben que existen y que están agradecidos por existir y por saber el uno del otro. Y sólo con esto les basta para ser felices.” P. 178

“(...) escapaba por completo a su capacidad imaginativa” P. 200

“(...) el valor de una persona reside en aquello que va más allá de ella, en lo que está fuera de ella, en lo que hay de ella en los demás y para los demás.” P. 203

“No debería volver constantemente al pasado. Ya es suficiente con que tengamos que dedicarle tanto tiempo en contra de nuestra voluntad.” P. 205

“De lo que se trata en la vida es (... de) cultivar las exigencias que uno mismo se plantea, porque en ellas se refleja la medida de su propio valor.” P. 245

“(...) el encanto erótico se manifiesta más en la deformación que en la regularidad, más en la exageración que en la proporcionalidad, más en lo original que en lo que está hecho en serie, por bonito que quede.” P. 249

“(...) una imitación mal intencionada sigue siendo una imitación y una sombra que se burla sigue siendo una sombra, subordinada y derivada, pobre y simple.” P. 315

martes, 8 de mayo de 2012

Naftalina y azafrán* - Lola Ancira

El escudo de armas de los Schwarzenberg en el Osario de Sedlec, República Checa.

Como cada año, hasta finales del mes de diciembre, el hogar de Sativus daba muestras de vida gracias a los cinco inquilinos que estremecían la estática, que consumían con la mirada y que carcomían la indiferencia de su vida.

Los conocimientos de taxidermia de Sativus convertían a aquella enorme cabaña en un sitio inconfundible, ya que los trofeos de caza, las figuras de animales imponentes y los dioramas invadían cada rincón, cada repisa y cada pared.   

No era un cazador aficionado, ésta inclinación estaba arraigada en sus entrañas por la cercanía que sentía hacia la naturaleza y por los constantes encuentros, desde muy pequeño, con animales bestiales y atroces; pero en estado de indiferencia, como adormecidos, en la mesa o en el piso del taller, donde el olor a naftalina se apoderaba de la más pequeña partícula en el aire y absorbía a los demonios que roían los cadáveres, ese mismo aire en que la naftalina en veces se apoderaba de la atmósfera de toda la residencia, y el cual con el paso de los días se convertía en un atavío más. El mismo aire que el azafrán luchaba por recuperar, tratando de expandirse más allá de sus dominios en la cocina.

Conforme pasaban los meses, Sativus se aseguraba de que por lo menos cuatro de sus inquilinos pasaran la noche del veinticuatro de diciembre en la cena navideña con él, explicándoles como añoraba los tiempos de convivencia en esas fechas con su familia que ahora se reunía seis metros bajo tierra, sin él.

Nunca se caso y tampoco tuvo hijos, por lo que a ellos les resultaba difícil no aceptar tan amable propuesta de su solitario casero.

Debían ser específicamente cuatro, pues el quinto tendría que ser destinado para poder llevar a cabo la inexorable celebración anual. Sólo el azar jugaba un papel significativo en la selección, no había una estrategia preliminar, pues únicamente aquel que se mostraba indiferente o se negaba a hacer acto de presencia aquella noche, era el sentenciado anónimo.

El inquilino desertor habitualmente salía sin ser visto y no regresaba en el mes de enero, llevándose consigo un rastro de naftalina que se perdía entre especias y el propio olor a muerte.

Una semana antes de la cena del día veinticuatro, Sativus se dispuso a afilar los cuchillos, limpiar perfectamente la impecable vajilla de plata y concedió dos semanas de vacaciones a la robusta cocinera. Realizó la compra de las especias necesarias para el gran festín y no escatimó en cuanto al ingrediente principal: el azafrán.

Diciembre es un mismo escenario anualizado: durante el día se observa la mesa con manteles adornados alusivamente a la estación del año,  el rojo vivo predominando por todo el lugar y una calidez en el aire igualando en artificio a la naturaleza muerta presente. Por las noches, las velas ardiendo en la penumbra, con flamas danzantes que mezclan entre sombras los ojos apagados, los colmillos afilados, las alas extendidas y una atmósfera que pesa y oprime el ánimo al punto de asfixiarlo.

Al fondo de la estancia, un gran árbol refleja cien veces en pequeñas esferas aquel sombrío espectáculo  en tanto que haya luz que lo facilite, este espectáculo que más que reflejarse, parece estar dibujado sobre la superficie de las esferas, dando lugar a un paisaje recurrente, como al observar un cuadro que tiene años en el mismo sitio.

El veinticuatro de diciembre, a las ocho de la noche, se llamó a todos los invitados al comedor. Había una fuente de carnes frías para saborear diferentes bocadillos y varias botellas de vino ibérico,  en copas de cristal. El brillo de la vajilla hacía nacer el temor de ensuciarla, de tocarla siquiera, o de opacarla sólo con observarla sobre la mesa.

Pasaban los minutos, los comensales saboreaban con agrado los bocadillos y el vino, mientras la conversación se avivaba, las sonrisas aumentaban y el contacto humano se hacía presente.

Un par de horas después, Sativus se retiró y anunció que la cena comenzaría en unos minutos. Fue hacia la cocina, donde lo esperaban tres platillos adornados delicada y ostentosamente, toda la carne había sido removida con mucho cuidado de la piel y de los huesos; con todo la sutileza de un taxidermista.

Las viandas fueron llevadas hasta la mesa y presentadas debidamente, los comentarios respecto a los alimentos y su procedencia, al momento de degustarlos, no se hicieron esperar; pues su sabor específico y exquisito despertaba la curiosidad. Era un sabor no conocido y al mismo tiempo asombroso. Lo único que se dio a conocer fue que esa carne era la mejor de la región.

El placer invadió los cuerpos, el vino intensificó el ánimo y la avidez para comer; una extraña delectación trajo consigo un éxtasis tóxico.

Sin advertirlo, Sativus se había perdido por un instante de la quimérica escena, para traer consigo inesperadamente unas pequeñas cajas, adornadas meticulosamente  y cubiertas con fino terciopelo, cada caja de un color diferente.

Dentro de cada caja, había un mecanismo que unía piezas mecánicas y orgánicas en un artificio oscilante entre la vida y la muerte. Cada uno con su respectivo pequeño sobre de naftalina, para evitar la humedad.

En el amanecer y ya satisfechos en todas sus necesidades, una complicidad invisible y espontánea hizo que cada uno se retirara a su habitación, tranquilamente, donde acomodarían sobre una repisa sus nuevas adquisiciones y terminarían de dispersar gran parte de la evidencia, al tiempo que su mente suprimía ciertos recuerdos y pensamientos inauditos.



Lola Ancira, México, 2008.

* (Este fue uno de los cuentos ganadores del Concurso de Cuento Navideño 2008 de la Facultad de Lenguas y Letras a través de Librerías Gandhi.)

lunes, 30 de abril de 2012

Consummatum est - Lola Ancira

Detalle de lápida en el cementerio  Prospect, en Glasnevin, Dublín.



     Tres días atrás te contemplé en la cruz y pensé: tócame, ten espasmos de sentir más dolor del que los clavos le proporcionan a tus miembros, baja y camina hacia a mí con los pies doloridos, ten la necesidad carnal de un hombre cualquiera y que cada látigo que toque tu espalda acreciente tu excitación.

Ahora que vuelvo al mismo lugar, te encuentro recostado. Tu pecho late cada vez más rápido al sentir mis pasos rondando y te delatan.

Comienzo tocando cada centímetro de tu cuerpo temeroso, empezando por tus pies. Alterno movimientos entre mi lengua y la punta de mis dedos, la temperatura aquí es tan baja que el vaho que sale de mi boca es completamente visible.

Recorro tu cuerpo lentamente al tiempo que el paño suave que te cubre la entrepierna se eleva poco a poco. Los instrumentos de tortura ahora son partes de mi cuerpo, no son externos. Pero en este momento esa tortura conspira para proporcionarte placer.

Me recuesto sobre ti. Toco tu cuerpo herido y abro mis piernas en espera de tu entereza, verte claudicar sólo hace crecer la pasión en mí y cuando me acerco, te rasguño y escucho un sollozo al unísono de tu jadeo, la ambivalencia plena y esperada en su máxima expresión. Las lágrimas amargas que te provoco y tu tormento son el sustento a mi lujuria.

Ahora tu cuerpo despoja al mío de vitalidad, usurpando mi calor.

La excitación de sentir tu placer en mi piel crece y busca conformar una sola unidad. Mi finalidad es encontrar un punto en el que nuestros cuerpos; identificándose, en un fervor creciente, se fusionen para llegar a la conmoción total.

El éter que hemos creado lo envuelve todo, ya no distingo entre tu cuerpo y el mío, se nubla mi pensamiento y no concibo ideas claras, se saturan mis emociones y una fuerza invisible sube el nivel del placer como tratándose de un mecanismo artificial trabajando para llegar al clímax.

Beso tus ojos obligándote a cerrar los párpados. Cierro los míos. Tenemos espasmos rítmicos, creamos una melodía nueva en el aire jamás imaginada, las notas brotan de nuestros labios y se entrelazan con colores quiméricos, una mezcla de dolor e impaciencia impregnados con el máximo placer, todo engendrado para tus últimos minutos de vida.

Tu corazón alarga la poca energía que ahora conserva, sabiendo que el fin esta cerca.

Hago pequeñas incisiones en tus costillas para comprobar si sigues con vida y tu rostro sufre pequeñas contracciones que la manifiestan.

Lamo los hilos de sangre que corren por tu sien y tu frente. Toco tu corona, la que fue creada con lacerantes espinas, la corona no envidiada. Me recuesto sobre ella y hago sangrar mi pecho, para tocar con mi líquido vital tu boca, en un sentimiento profundo y lóbrego, escarlata. Fletus mutus que no cesa en ti.

La sangre, el sudor y los fluidos corporales mezclados, te han mancillado la piel nívea, cubriéndola. Inspiras tanta  devoción que no podría dejarte así.

Eternidad. Con una daga de plata amputo tu mano izquierda, para persignarte con ella. Posteriormente amputo la derecha. Ya no hablas. Ya no sollozas, ya no respiras.

Ahora creas una imagen celestial. Un brillo enigmático comienza a iluminar toda tu figura. Halo que te otorga un toque sagrado.

Copula conmigo yo vestida de virgen, con un manto y cara angelical, con manos suaves y tibias, con mirada cariñosa y de consuelo, penétrame en un abrazo infernal y perpetuo. Que esta sea la nueva efigie en tus templos, que tengamos oraciones y nos pidan milagros, que invoquemos unión y creemos fe. En cada hogar no falte nuestra imagen, en un altar, iluminada con cirios blancos. De igual manera, nos hagan oraciones que busquen la satisfacción jamás concebida por la humanidad. Que se construyan recintos en nuestro honor, donde el placer sea el primer mandamiento, seguido del dolor físico.

La historia esta plasmada, el lienzo bajo tu figura, con ella impresa, no se borrará nunca.

Ver la muerte a un lado, inconmovible, implora tranquilidad, suplica entendimiento y muestra incertidumbre. La sangre derramada queda en nuestras mentes y las heridas en nuestros cuerpos vivos, pues los muertos no tienen memoria.

Debes permanecer inmóvil en tu sepulcro esperando, de nuevo, por mí.



Lola Ancira, México, 2010.