viernes, 29 de mayo de 2015

Tempus edax rerum - Exposición de Luis Sánchez




Tengo el gran placer de participar en la primer exposición individual del artista Luis Sánchez, del 5 al 27 de junio en Querétaro, en Da Substanz, con un texto inédito que acompañará a una de sus obras. La exposición estará integrada por 11 texto inéditos más unidos a otras magníficas obras, todos creados por escritores queretanos.




Luis Sánchez y una de sus obras



Pieza de su colección "Voyeur" (2013)



Tras la inauguración, la obra de Luis y mi texto acompañándola aparecerán en esta entrada.

Luis Alberto Arellano escribió el texto de sala para la comunidad Queretrash, mismo que transcribo a continuación y que da increíbles atisbos a las genialidades e insanias que podrán ser observadas y leídas por los asistentes a esta exposición.




Los relojes blandos se han roto por dentro


¿Qué contendría un libro de imágenes, un moderno bestiario, que buscara mostrar la complejidad del mundo por medio del terror y de la fantasía? Hoy tendría que ser una galería de pesadillas sexuales, de drogas duras u homicidas y, sobre todo, poblada con un desopilante humor. Porque nada dice Te odio demonio, mundo y carne, como una buena carcajada. Queretrash es una compilación de retorcidas y, por eso mismo, gozosas imágenes que buscan dejarle una huella al lector. Corrijo, una cicatriz no es lo mismo que una huella. O no son equivalentes. Y eso está ahí: en el hotdog goteando líquido preeyaculatorio; en la mujer árbol creciendo alrededor de un tronco; en el recién nacido punk y dictatorial. Galería de recuerdos no personales pero que todos cargamos por dentro. Una de las funciones del horror es recordarnos que somos mortales. El gore como un prolongado y sinuoso memento mori. El más demoniaco trash metal como una purísima naturaleza muerta. Pues sí, es así como Oliver Herring y Luis Sánchez escogieron las partículas más decadentes de esta marea de individualidades en que se ha convertido la plástica local, para poblar nuestras más escondidas fantasías, No hay nada que ver aquí, mirones de palo. Hay mucho por resolver a la manera de un rompecabezas que nos devuelve una mancha de sangre en el espejo. 

miércoles, 27 de mayo de 2015

VIII Carruaje de pájaros





En días pasados (14, 15 y 16 de mayo) tuve el placer y honor de formar parte, como narradora, del VIII Encuentro Nacional de Poetas y Primero de Narradores Carruaje de Pájaros, en homenaje a los maestros Óscar Oliva y Juan Bañuelos, llevado a cabo en un sitio diferente de Chiapas cada día, iniciando en Tuxtla Gutiérrez, siguiendo en Comitán de Dominguez y finalizando en San Cristóbal de las Casas.







Este encuentro nacional y anual reúne a poetas y por primera vez también a narradores, así como a editores y editoriales independientes, realizado por el poeta Fernando Trejo y con el escritor Joel Flores como coordinador de narrativa.











Entre mesas de diálogo, lecturas de obras y presentaciones de libros en lugares asombrosos y con personas magníficas, transcurrieron tres días formidables y de intercambio entre participantes y asistentes.



Al finalizar el primer día de actividades


Regresé de conversaciones geniales, con nuevas amistades literarias, diversos libros de poesía y narrativa y los obsequios del carruaje: la obra completa de Rosario Castellanos publicada por el FCE, una bella antología que reúne textos y semblanzas de todos los participantes, una interesante gaceta con fragmentos de nuestros textos, fotografías y parte de nuestras biografías y una linda pulsera tradicional con cuentas de ámbar. Conocí el nucú, una ciudad hermosa y gente amable y sonriente, los alimentos típicos y excéntricos, la gran empatía e interés tanto de los organizadores como de sus familias y amigos por mostrarnos la belleza de su tierra y hacernos sentir como en casa. Las experiencias, el cariño y sus palabras se quedan en el corazón.





Ciudad de México y mente en construcción






Como comentó Joel en una de las primeras mesas del carruaje: lo más importante de un encuentro es la convivencia, las relaciones que se crean a partir de las noches y días compartidos fuera de los espacios culturales. Regreso feliz y muy agradecida por esta oportunidad y por crear nuevos lazos en el ámbito literario.

La literatura y sus autores, las letras y sus creadores, poetas y narradores. Entre ellos Balam Rodrigo, Mariana Rergis, José Manuel Cuellar, Aniela Rodríguez, Will Rodríguez, Luis Armenta Malpica, Luis Téllez-Tejeda, Sandra Becerril, Ronnie Medellín, Carlos Martín Briceño, Hanna Figueroa, Armando Salgado y, por supuesto, Fernando Trejo y Joel Flores.

Los libros, en un encuentro, se multiplican, dividen, intercambian y pasan de mano en mano todo el tiempo. Regresé feliz y con múltiples lecturas para los siguientes meses, que aparecerán reseñadas conforme las realice.

Para finalizar, transcribo el hermoso texto de Luis Armenta Malpica sobre este Carruaje de pájaros 2015, que expresa a la perfección el sentimiento de ser parte de una reunión tan entrañable y que ya es parte de muy gratos recuerdos.







Carruaje de pájaros 2015



Son extraños los caminos de las aves. Dependen más del aire que de sus propias alas. Y esto, que pareciera atentar contra el destino, no consigue sino facilitar su travesía. Así conocen, por ejemplo, Tuxtla Gutiérrez, Comitán de Domínguez y San Cristóbal de Las Casas. Escuchan, además de sus trinos, los poemas y cuentos de quienes han volado enotro cielo: azules, grises, amarillos, nubosos y hasta en crisis según Óscar Oliva. Siento no estar de acuerdo con el homenajeado; me parece que hay búsquedas diversas, riesgos y tradición, antípodas y líneas convergentes. Son usos y costumbres en algunos, y los cambiantes husos en la hora más actual por otro lado. Vuelos que están a tiempo o retrasados, como a veces sucede. 



Siempre será mayor el asombro que el tedio en estos viajes. Yo regreso cansado, contento y muy agradecido con los organizadores: Fernando Trejo, Joel Flores y un equipo entusiasta y generoso. Aterricé con algo de nostalgia y todavía me cuesta comprender que se acabaron los mezcales, la charla, los libros que van de mano en mano, ligeros en su pluma y vastos en alcance. Tampoco en mi ventana aparecen los colores vistosos que me sitúan en Chiapas. En mi mesa no están los tamales de coco y de mumú, ni el chocolate o el agua de pepino. Lejos está la gente que queremos o la que conocimos. Sin embargo, tan cerca (es un milagro laico), porque la respiramos. Y lo que está en el aire es todo nuestro. Es un camino sin obstrucción ni fechas. Levantamos la vista y es tan cielo esa nube que parece un carruaje. Y sé que estoy allí, con otros pájaros, más allá del cartel o los recuerdos. Detenido en el tiempo, no en la vista ni en las ganas de estar por siempre juntos. 



Ya no somos extraños o es un ave el camino. Es un encuentro nuevo el que empieza a formarse luego de la clausura del encuentro anterior. Si en algo se parecen estas aves a los seres humanos es, no me cuesta decirlo, que creen en el amor. Y hubo literatura en Chiapas, ni dudarlo. Pero hubo más amor y mucho mayor cielo, de ese aire que permite las mayores alturas en el hombre. Por eso digo gracias en una bocanada. Y esa nube se multiplica y viaja, junto a mi corazón, también en un carruaje, silencioso, como lo planetario.


Guadalajara, Jalisco.
19 de mayo de 2015
VIII Encuentro Nacional de Poetas y Primero 
de Narradores Carruaje de pájaros.


domingo, 24 de mayo de 2015

Irreverencias maravillosas: Más allá del placer y la culpa





El texto de este mes para mi columna mensual, Irreverencias maravillosas, de la Revista VozEd, está dedicado, en parte, a la historia de la sexualidad del ser humano, algunos comportamientos asociados considerados "anormales" y su reivindicación. 

Pueden leer otra versión del texto (acompañado de diferentes fotografías), directamente de la revista, en este enlace.

Al respecto, en el ámbito de la ficción, pueden leer también mi cuento "Cosmogonía de las parafilias", publicado en mi libro de cuento fantástico Tusitala de óbitos (Pictographia, 2013).


Más allá del placer y la culpa


Estamos sin duda en una clase común con las bestias;
cada acción de la fauna se preocupa por la búsqueda de placer corporal
y por evitar el dolor.
San Agustín de Hipona


Si las acciones humanas pueden ser nobles, vergonzosas o indiferentes,
lo mismo ocurre con los placeres correspondientes.
Hay placeres que derivan de actividades nobles, y otros de vergonzoso origen.
Aristóteles


Una filia (del griego philos “amor”, y el sufijo –ia “cualidad”), según la psicología, es una inclinación por un suceso o momento específico y determinado, generalmente con connotaciones sexuales. Debido al origen de la palabra, alude a los actos donde destaca la emotividad, y existe una gran variedad de filias que, según los juicios de valor, pueden ser socialmente aceptadas o no, dando paso a las desviaciones sexuales o parafilias.

Se clasifica como desviación sexual o parafilia a todo comportamiento sexual caracterizado por  la excitación ante situaciones y objetos fuera del acto sexual tradicional y que interfiere con la reproducción, caracterizados por fantasías sexuales específicas, intensas y repetitivas que se logran experimentar. Lo considerado “normal” dentro de estas desviaciones es cuando se presentan de forma asilada y no representa daño para la persona en cuestión o para terceros.

Los primeros especialistas que indagaron al respecto, definieron los supuestos comportamientos anormales como patológicos, pero descubrimientos e investigaciones históricas han demostrado lo contrario: ciertas conductas han formado parte de la vida sexual del ser humano desde sus inicios, pero sí existe una gama que puede considerarse ilícita o indebida por el riesgo o daño que conlleva para una de las dos partes o para ambas, y también por diversos criterios sociales, de salud o legales.

De hecho, el término “desviación” es erróneo, pues el comportamiento humano ha sido restringido a ciertas normas y convenciones sociales y, sobre todo, religiosas, originadas en las tres grandes religiones monoteístas y sus derivadas, que se reducen a lo siguiente: existe una divinidad que centra su atención en el comportamiento sexual de sus fieles, y cualquier transgresión o rebeldía conlleva al desprecio social y a una represalia ejemplar.

La sexualidad, en manos de cualquier tipo de poder, es un mecanismos de control de los mont convierte entontceses en un vconexientonces ualquier tra su atencial, pues de esa forma imitaban ás fuertes para dominar al ser humano, y por lo mismo, ayuda al sometimiento tanto físico como mental: el sexo se convierte entonces en un acto estigmatizado, en una acción divina a la que sólo se puede acceder con el debido permiso y bajo ciertas reglas estrictas que ha desvirtuado del todo un acto por completo humano y natural.

Habría que desmitificar lo anterior, y para ello nada mejor que ejemplos reales de comportamientos sexuales censurables dentro de la misma religión (que expresan una clara doble moral) y prácticas inusuales alrededor del planeta: la pedofilia encubierta en el catolicismo, los talibanes y sus matrimonios forzados entre hombres mayores y niñas, los médicos que masturbaban a las mujeres para curarlas de la histeria hace más de 200 años, o el caso de la isla Guam, en Oceanía,  donde está prohibido que una virgen se case, por lo que tienen destinados a ciertos hombres que se dedican a desvirgar jóvenes para que puedan contraer matrimonio.

El BDSM (también conocido como “sadomasoquismo”) son las siglas de bondage, dominación y sado-masoquismo y engloba ciertas fantasías, juegos eróticos y prácticas sexuales basadas en el acuerdo de los implicados. Estos términos psiquiátricos están, en parte, fuera de lugar, pues se refieren a enfermedades mentales o ciertos actos sexuales definidos como desviaciones, cuando lo cierto es que son prácticas y muestras diversas de la necesidad y el deseo sexual humano.









La poligamia o poliandria, legales en varios países; la homosexualidad abiertamente aceptada en la antigüedad, en Grecia y Roma, específicamente entre jóvenes y adultos, así como el derramamiento de semen tras la masturbación de los faraones en el Nilo, para garantizar su abastecimiento; o la masturbación en público de los hombres durante las fiestas del dios Min, sin olvidar que hay una infinidad de ritos sangrientos y dolorosos de maduración sexual para ambos sexos en diversas tribus que también anteceden al erotismo, cuando a éste se le acepta.



Representación del dios Min 



El erotismo ha formado parte del hombre desde los primeros Homo sapiens, que llegaron hace más de 40,000 años a Europa y dejaron vestigios de su particular comportamiento sexual a través de pinturas rupestres y grabados. El consolador u objeto fde forma muy elemental,  mundo, que fue creado con una cañabaza hueca y abejas en su interior.álico más remoto de la historia tiene más de 30,000 años, una roca sedimentaria de 20 cm encontrado en una cueva en Alemania, un claro símbolo de la búsqueda íntima del placer a través de la práctica sexual individual. Los romanos y griegos fueron los pioneros en cubrir con cuero sus artilugios destinados al placer sexual, pues de esa forma imitaban la textura real de un pene. Incluso en Lisístrata, una obra de teatro de Aristófanes, se hace mención a una huelga de sexo por parte de una mujer para forzar a los hombres a finalizar la Guerra del Peloponeso, pues con tal enfrentamiento social, resultaba imposible comerciar buenos consoladores. Incluso algunos historiadores afirman que Cleopatra pidió que le diseñaran el primer vibrador en el mundo, que fue creado de forma muy elemental, con una calabaza hueca y abejas en su interior.









Algunas filias de las más singulares son la podofilia, que es la atracción sexual a las plantas, los vellos o los dedos del pie, la rabdofilia es la atracción por ser flagelado, el axilismo es la fijación con axilas, la basoexia es la exitación sexual producida por besos, la anisonogamia es la preferencia sexual por una persona mucho más vieja o mucho más joven, y que en sus extremos se convierte en la pedofilia (niños) o la gerontofilia (ancianos), y la erotolalia es la estimulación sexual al tener conversaciones eróticas.






La zoofilia es una parafilia donde los animales se vuelven objeto de deseo sexual, y suele llamarse bestialismo cuando se realiza el acto. Es ilegal en países como Turquía, pero no está penado por la ley en Hungría, Suecia o México. Incluso  existen muestras en pinturas que datan de hace 10,000 años que muestran a seres humanos teniendo relaciones sexuales con animales. Incluso una pintura de Miguel Ángel, desaparecida en 1530, así como una pintura iraní que data de una fecha aproximada, muestran a mujeres desnudas con animales mitológicos en representaciones eróticas.



Vaso Warren, Roma



Europa y Júpiter transformado en toro 


Hay una infinidad de filias tal, que incluso existen obras que las catalogan ortográficamente y las describen con detalle. Que una filia sea peligrosa o no, sólo depende de los riesgos reales que suponga o de la violación de los derechos ajenos.

Existe un basto mundo dedicado a experimentar e indagar el placer sexual, y sería una pena no disfrutar las diferentes opciones para satisfacer una necesidad básica por cuestiones ideológicas retrógradas o conservadoras. De hecho, la mejor alternativa para practicarlas  son las fantasías eróticas, aquel espacio mental en el que absolutamente todo es permitido.


Recordar que “El mejor placer en la vida es hacer lo que la gente te dice que no puedes hacer”, una cita de Walter Bagehot, es quizá uno de los mejores estimulantes que pueda existir.

jueves, 30 de abril de 2015

Un día perfecto para el pez banana - J. D. Salinger (cuento)

El autor en 1952, fotografía por Anthony Di Gesu
San Diego Historical Society/Hulton Archive Collection/Getty Images.



El cuento del mes es "Un día perfecto para el pez banana", de J. D. Salinger (escritor estadounidense, 1919-2010), autor de un clásico de la literatura moderna norteamericana, El guardián entre el centeno.

Este relato, uno de los más conocidos del autor, forma parte de Nueve cuentos, una antología del autor publicada en 1953, y su protagonista es el primogénito de la ficticia familia  Glass, cuyos miembros aparecen en diversas obras del autor. Narrado en tercera persona, en tiempo pasado y dividido en dos partes, Salinger nos da a conocer al protagonista a través de una conversación de los personajes secundarios en las primera de ellas, en la que comentan los problemas psicológicos de Seymour, quien participó en la Segunda Guerra Mundial y había vuelto a casa, intacto físicamente pero con serias secuelas psicológicas.

El contexto social real es el mismo que el del relato, pues únicamente habían pasado 3 años desde que finalizó la guerra (el cuento fue publicado por primera vez en la revista The New Yorker en 1948). En cuanto al espacio, el cuento es circular: inicia y termina en la misma habitación de hotel, con la diferencia de una acción abrupta que, si bien fue augurada, no deja de ser sorprendente.


Un día perfecto para el pez banana


      En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.


       No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.


       Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y —ya era la cuarta o quinta llamada— levantó el auricular del teléfono.


       —Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.


       —Su llamada a Nueva York, señora Glass —dijo la operadora.


       —Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.


       A través del auricular llegó una voz de mujer:

       —¿Muriel? ¿Eres tú?

       La chica alejó un poco el auricular del oído.

       —Sí, mamá. ¿Cómo estás? —dijo.

       —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?

       —Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
       —¿Estás bien, Muriel?

       La chica separó un poco más el auricular de su oreja.

       —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...

       —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...

       —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...

       —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.

       —Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.

       —¿Cuándo llegasteis?

       —No sé... el miércoles, de madrugada.

       —¿Quién condujo?

       —Él —dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.

       —¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...

    —Mamá —interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.

       —¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?

       —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?

       —Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...

       —Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...

       —Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...

       —Muy bien —dijo la chica.

       —¿Sigue llamándote con ese horroroso...?

       —No. Ahora tiene uno nuevo

       —¿Cuál?

       —Mamá... ¿qué importancia tiene?

       —Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...

       —Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 —dijo la chica, con una risita.

       —No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...

       —Mamá —interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...

       —Lo tienes tú.

       —¿Estás segura? —dijo la chica.

       —Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?

       —No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.

       —¡Pero está en alemán!

       —Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia —dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos...

       —Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...

       —Un segundo, mamá —dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá? —dijo, echando una bocanada de humo.

       —Muriel, mira, escúchame.

       —Te estoy escuchando.

       —Tu padre habló con el doctor Sivetski.

       —¿Sí?—dijo la chica.

       —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!

       —¿Y...?—dijo la chica.

       —En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.

       —Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.

       —¿Quién? ¿Cómo se llama?

       —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.

       —Nunca lo he oído nombrar.

       —De todos modos, dicen que es muy bueno.

       —Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...

       —Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma.

       —Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...

       —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí —dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.

       —¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...

       —Lo usé. Pero me quemé lo mismo.

       —¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?

       —Me he quemado toda, mamá, toda.

       —¡Qué horror!

       —No me voy a morir.

       —Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?

       —Bueno... sí... más o menos... —dijo la chica.

       —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?

       —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.

       —Bueno, ¿qué dijo?

       —¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...

       —¿Por que te hizo esa pregunta?

       —No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé —dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...

       —¿El verde?

       —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...

       —Pero ¿qué dijo él? El médico.

       —Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.

       —Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?

       —No, mamá. No entré en detalles —dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.

       —¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?

       —En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.

       —En fin. ¿Y tu abrigo azul?

       —Bien. Le subí un poco las hombreras.

       —¿Cómo es la ropa este año?

       —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.

      —¿Y tu habitación?

       —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
     camión.

       —Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?

       —Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.

       —Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?

       —Sí, mamá —dijo la chica—. Por enésima vez.

       —¿Y no quieres volver a casa?

       —No, mamá.

       —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...

       —No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.

       —Mamá, esta llamada va a costar una for...

    —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que...

       —Mamá —dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
       —¿Dónde está?

       —En la playa.

       —¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?

       —Mamá —dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.

       —No he dicho nada de eso, Muriel.

       —Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.

       —¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?

       —No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.

       —Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?

       —Lo conoces muy bien —dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.

       —¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?

     —No, mamá. No, querida —dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.

       —Muriel, hazme caso.

       —Sí, mamá —dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.

       —Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?

       —Mamá, no le tengo miedo a Seymour.

       —Muriel, quiero que me lo prometas.

       —Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá —dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.
 

II


      —Ver más vidrio —dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?

       —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.

       La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.

    —No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo —dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.

       —Por lo que dice, debía de ser precioso —asintió la señora Carpenter.

       —Estáte quieta, Sybil, cariño...

       —¿Viste más vidrio? —dijo Sybil.

       La señora Carpenter suspiró.

       —Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.

       Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.

       Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.

       —¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.

       El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.

       —¡Ah!, hola, Sybil.

       —¿Vas a ir al agua?

       —Te esperaba —dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?

       —¿Qué? —dijo Sybil.

       —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?

       —Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.

       —No me tires arena a la cara, niña —dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.

       —¿Dónde está la señora? —dijo Sybil.

       —¿La señora? —el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.

       Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.

       —Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.

       Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.

       —Es amarillo —dijo—. Es amarillo.

       —¿En serio? Acércate un poco más.

       Sybil dio un paso adelante.

       —Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.

       —¿Vas a ir al agua? —dijo Sybil.

       —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.

       Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.

       —Necesita aire —dijo.

       —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir —retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil —dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti —estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy Capricornio. ¿Cuál es tu signo?

       —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano —dijo Sybil.

       —¿Sharon Lipschutz dijo eso?

       Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.

       —Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?

       —Sí que podías.

       —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?

       —¿Qué?

       —Me imaginé que eras tú.

       Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.

       —Vayamos al agua —dijo.

       —Bueno —replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.

       —La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.

       —¿Que eche a quién?

       —A Sharon Lipschutz.

       —Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil —dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.

       —¿Un qué?

       —Un pez plátano —dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.

       Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.

       Los dos echaron a andar hacia el mar.

       —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano —dijo el joven.
       Sybil negó con la cabeza.

       —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?

       —No sé —dijo Sybil.

       —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.

       Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.

       —Whirly Wood, Connecticut —dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.

    —Whirly Wood, Connecticut —dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?

       Sybil lo miró:

       —Ahí es donde vivo —dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.

       Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.

       —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.

       Sybil soltó el pie:

       —¿Has leído El negrito Sambo? —dijo.

    —Es gracioso que me preguntes eso —dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche. —Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?

       —¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?

       —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.

       —No eran más que seis—dijo Sybil.

       —¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?

       —¿Te gusta la cera? —preguntó Sybil.

       —¿Si me gusta qué?

       —La cera.

       —Mucho. ¿A ti no?

       Sybil asintió con la cabeza:

       —¿Te gustan las aceitunas? —preguntó.

       —¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.

       —¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.

       —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.

       Sybil no dijo nada.

       —Me gusta masticar velas —dijo ella por último.

       —Ah, ¿y a quién no? —dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está! —Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.

       Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.

       —¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso? —preguntó él.

       —No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?

     —Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.

       —No veo ninguno —dijo Sybil.

       —Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.

       Siguió empujando el flotador. El agua le llegaba al pecho.

       —Llevan una vida triste —dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?

       Ella negó con la cabeza.

       —Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos —empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.

       —No vayamos tan lejos —dijo Sybil—. ¿Y qué pasa después con ellos?

       —¿Qué pasa con quiénes?

       —Con los peces plátano.

       —Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?

       —Sí —dijo Sybil.

       —Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.

       —¿Por qué? —preguntó Sybil.

       —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.

       —Ahí viene una ola —dijo Sybil nerviosa.

    —No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia —dijo el joven—, como dos engreídos.

       Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.

       Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:

       —Acabo de ver uno.

       —¿Un qué, amor mío?

       —Un pez plátano.

       —¡No, por Dios! —dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?

       —Sí—dijo Sybil—. Seis.

       De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.

       —¡Eh! —dijo la propietaria del pie, volviéndose.

       —¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?

       —¡No!

       —Lo siento —dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.

       —Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.

       El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.

       En el primer nivel de la planta baja del hotel —que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.

       —Veo que me está mirando los pies —dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.

       —¿Cómo dice? —dijo la mujer.

       —Dije que veo que me está mirando los pies.

       —Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la mujer, y se volvió hacia las puertas del ascensor.

       —Si quiere mirarme los pies, dígalo —dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.

       —Déjeme salir, por favor —dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.

       Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.

   —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos —dijo el joven—. Quinto piso, por favor.

       Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.

       Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.

       Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.