jueves, 26 de marzo de 2020

«Raíces y filamentos» - cuento publicado en Tierra Adentro

Litografía de Julia Pastrana hecha por V. Katzler 



Tierra Adentro publicó mi cuento «Raíces y filamentos», cuya trama gira en torno a Julia Pastrana, una artista del siglo XIX, para conmemorar su aniversario luctuoso número 160. 

Estoy muy contenta de aportar un poco para seguir recordando a esta extraordinaria mujer. 



Julia Pastrana. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

De todos los cadáveres del mundo,
ése era el más necesitado de compasión.
José Revueltas

La luz de las ocho de la mañana es ideal para el cometido. Valeria toma diligente el espejo de mano y las pinzas de depilar y se acerca a la ventana. Analiza con detenimiento su rostro, en especial el contorno de las cejas y los labios. Extirpa de raíz cualquier vello con más de medio milímetro de crecimiento. Si luego de diversos intentos no los puede arrancar, descansa unos segundos para arremeter de nuevo. Queda satisfecha ya que logra liberar a su piel de los indeseables inquilinos.
Cada tanto inspecciona sus fosas nasales con el mismo cuidado. Tan pronto un pelo se asoma, Valeria prefiere arrancarlo a tener que recortarlo usando unas minúsculas tijeras, pues el leve ardor y el atisbo de un estornudo la reconfortan.
Estas inspecciones matutinas son breves comparadas con las horas que llega a destinar para depilar por completo y con sumo cuidado axilas, piernas, brazos, abdomen y pecho, labor que no le permite descanso.
La vergüenza la acompaña desde la infancia. En la primaria, los tupidos y largos vellos de sus piernas y brazos flacos la apremiaban a usar calcetas apretadas arriba de las rodillas y suéter el año entero, sin importar el calor durante el verano sinaloense o el sudor por el esfuerzo en educación física. Las únicas personas entre las que se sentía cómoda eran sus padres, a pesar de sus casi inexistentes folículos pilosos.
A los trece años inició la contienda permanente contra las fibras capilares más insignificantes cuando la mamá de Sandra, su mejor amiga en ese entonces, le dijo que se parecía a la cantante Alaska. Le prestó unas revistas donde observó el rostro de Olvido Gara, nombre real de la mujer. Exhibía dos líneas delgadas a modo de cejas, los costados de la cabeza rapados y una melena cardada con mucho volumen, maquillaje cargado y vestidos cortos entallados. Valeria, quien sólo se vestía de negro y apenas usaba delineador oscuro, comenzó a darle forma a sus cejas hasta que las depiló por completo. Frente al espejo del baño, sacó pelo por pelo y pequeños puntos de sangre dibujaron la zona ahora expuesta.
Junto con Sandra probó cremas, ceras frías y calientes, depiladoras eléctricas, agua oxigenada, peróxido y polvos decolorantes. A diferencia de su amiga, casi lampiña, su vellosidad desafiaba cualquier producto o procedimiento. Por más que desterraba a los indeseados desde la raíz, siempre volvían. Eran igual de necios que ella. (Continuar leyendo en Tierra Adentro...)

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