lunes, 2 de septiembre de 2019

Mesa redonda "Literatura joven" en la XXXVIII Feria Internacional del Libro del IPN




Mañana, a las 11:00 horas, Laura Sofía Rivero, Elisa Díaz y yo tendremos el gusto de participar en la mesa redonda "Literatura joven" en la XXXVIII Feria Internacional del Libro del Instituto Politécnico Nacional. El programa completo de la feria se puede consultar aquí.

La cita es en el auditorio Ing. Manuel Moreno Torres, ¡hasta entonces!



sábado, 24 de agosto de 2019

Mesa «Lo fantástico del cuento» en el marco de la FUL 32 Hidalgo




Ayer inició la edición 32 de la Feria Universitaria del Libro del Estado de Hidalgo. Entre las diversas actividades que pueden consultarse en el programa de la feria, participaremos Aniela Rodríguez y yo en la mesa «Lo fantástico del cuento» el próximo lunes 26 de agosto a las 14:00 horas en el Pabellón Internacional Margarita Michelena.

¡Allá nos vemos!




lunes, 19 de agosto de 2019

El vals de los monstruos en la UNEVE




El próximo jueves 22 de agosto tendré el gusto de presentar El vals de los monstruos en la Universidad Estatal del Valle de Ecatepec a las 14:30 horas en el auditorio de vinculación.

La entrada estará abierta al público, ¡hasta entonces!

sábado, 17 de agosto de 2019

Anímula - Miguel Lupián (presentación)




El próximo miércoles 21 de agosto, a las 19:00 horas, tendré el honor de presentar Anímula, libro de minificciones de Miguel Lupián, junto a Vanessa Téllez y Fernando Sánchez Clelo. La cita es en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia (Nuevo León 91, col. Condesa, CDMX).

¡Allá nos vemos!



martes, 13 de agosto de 2019

Cómo acabar con la escritura de las mujeres - Joanna Russ (reseña)




Joanna Russ publicó su ensayo How to end with woman writing en 1983, y fue traducido al español por Gloria Fortún y publicado gracias a una ecoedición de Barrett y Dos Bigotes en 2018. 

Este texto aborda las problemáticas sexistas y machistas a las que nos hemos enfrentado las escritoras durante varias décadas, la censura y exclusión que han sometido a cantidad de obras y a sus autoras.

A pesar de que Russ se enfoca en el ámbito norteamericano y europeo, la temática está relacionada con el movimiento #MeTooEscriotresMexicanos que surgió en nuestro país hace algunos meses y con una cantidad increíble de esfuerzos de escritores e investigadores por rescatar valiosas obras ignoradas de autoras que cayeron en el olvido.

Que sirva este ejercicio como revisión histórica para impedir que los errores y abusos del pasado se sigan repitiendo.




Titulo: Cómo acabar con la escritura de las mujeres
Autor: Joanna Russ
Traductor: Gloria Fortún
Editorial: Editorial Barrett y Editorial Dos Bigotes
Lugar y Año: 2018
«Para la mayor parte de la historia,
 “Anónimo” era una mujer.»
Virginia Woolf

La mejor forma de invisibilizar a alguien es negándole cualquier vía de expresión o, sencillamente, ignorándolo: mantenerlo bajo el yugo del silencio, prohibirle usar la herramienta de comunicación humana más básica e importante: el lenguaje. Impedir la exposición de ideas y emociones es anular, opresión que hemos experimentado las mujeres debido a la inequidad de género ocasionada por el heteropatriarcado, el machismo y la misoginia.
Cómo acabar con la escritura de las mujeres (coedición de Barrett y Dos Bigotes, 2018) es uno de los reconocidos ensayos de la escritora y académica Joanna Russ (Nueva York, 1937-2011), publicado por primera vez en 1983. Russ fue una reconocida autora de ciencia ficción galardonada con el Premio Nébula y contemporánea de Ursula K. Le Guin. Ambas fueron feministas, al igual que varias representantes más de ese género de literatura de ficción.
El ensayo de Russ cuenta con un objetivo y ácido prólogo, escrito por la editora y crítica Jessa Crispin (en el que afirma que «los hombres blancos siguen siendo los expertos, (…) la objetiva y universal voz de la razón»), y fue traducido por Gloria Fortún, también escritora y tallerista, creando un conjunto de voces que se engarzan a la perfección.
En once apartados, Russ expone los ejemplos más representativos sobre «la historia de la eliminación y disuasión de la escritura de las mujeres» que han perdurado al menos durante siglo y medio en la sociedad; las diferentes formas en las que los hombres que ostentan el poder dentro del ámbito literario han reprobado, censurado o desdeñado la obra de las mujeres y al género femenino, acusándolo de ser inferior e incapaz. Cada sección es precisa e indaga, desde comienzos de 1800, en la vida y obra de escritoras estadounidenses y europeas, y las conclusiones son contundentes.
Es increíble el esfuerzo de los involucrados para que este inquietante y esencial material que «muestra indignación sin ser pretencioso, es exhaustivo sin ser aburrido y es serio sin carecer de sentido del humor» llegue a los hispanohablantes. De la mano de Virginia Wolf y Un cuarto propio, Russ va encadenando a través de diversas voces y experiencias de numerosas autoras un extenso recorrido histórico evocando las problemáticas a las que se ha visto enfrentada su literatura debido a los «críticos comprometidos con el mantenimiento de la hegemonía masculina».
Éstos son los once apartados:
1. Prohibiciones – Uno de los precedentes es la Ley sobre la Propiedad de la Mujer Casada promulgada en 1882, que indicaba que los derechos (e ingresos) de las obras de las escritoras casadas les pertenecerían a sus parejas. Existía una notoria desigualdad de salarios incluso entre las propias mujeres, a quienes también se les prohibía la educación superior: las escritoras recibían ingresos irrisorios. Por otro lado, Russ señala que las labores domésticas y diversas responsabilidades adjudicadas a las mujeres representan obstáculos que los hombres logran sortear. Sylvia Plath («Haber nacido mujer es mi mayor tragedia.»), Katherine Mansfield, Kate Wilhelm y Ellen Glasgow son algunas de las escritoras que sufrieron constantes trabas y acoso de agentes y editores que juzgaban sus obras basándose en el aspecto físico, y estaban constantemente sometidas a comentarios denigrantes y desaprobatorios. (Continuar leyendo en Tierra Adentro...)

lunes, 12 de agosto de 2019

Lola Ancira, su hoguera deja entrever el vals que nuestros monstruos internos bailan (reseña por Sugey Navarro)

Con motivo de la presentación de El  vals de los monstruos en Colima, hace algunos meses, la poeta Sugey Navarro escribió una aguda reseña sobre el libro, y yo estoy muy agradecida por ello.






Lola Ancira, su hoguera deja entrever el vals que nuestros monstruos internos bailan

El Vals de los monstruos, parece anunciar una danza ritual, sacrificio de humanos, un aquelarre, seres descarnados, entes sin rostro que se puedan asemejar a lo que conocemos. La mención de Javier Tomeo al inicio del libro, nos advierte que su contenido puede ser mucho más terrorífico que  nuestras suposiciones, cuando señala:
[Los monstruos] están ahí, rodeándonos, configurando la gran metáfora de nuestras frustraciones. Monstruos que exigen nuestra comprensión y todo nuestro amor.
Y lo que contiene, es mucho más cruel:
Lola Ancira nos muestra seres que al principio describiremos como inhumanos, por su aparente falta de sensibilidad y el conjunto de sus acciones sin ápice de empatía, por ejemplo, ¿qué se podría esperar de un gemelo que buscaba exterminar al otro desde el vientre, aún antes de conocer el mundo que habría de endurecer su persona? Seres con hambre de poder y triunfo infinito, de un mundo de excesos donde el vacío brilla más que las riquezas. La autora, no se tienta al construir a los personajes para dejarlos andar bajo la propia escala de valores que ellos van dictando, haciendo de escribana de esas historias que no pretende detener, voces que no vienen del inframundo o un presente paralelo al nuestro: son tan reales como los pensamientos que hemos decidido callar, para mantener a nuestro entorno en armonía. Esas voces bien podrían ser lo que ocultamos en el constante y falible intento de ser buenas personas. (Continuar leyendo en Tukeynam.Wordpress)

miércoles, 31 de julio de 2019

Yad Vashem - Etgar Keret (cuento)




"Yad Vashem" es un cuento del escritor israelí Etgar Keret. La presente es una traducción de Alberto Chimal basada en la traducción del hebreo al inglés de Miriam Shlesinger. Este texto se publicó en su libro de relatos en hebreo cuyo título en inglés sería A glitch at the edge of the galaxy, publicado en 2018 por Kinneret Zmora Bitan, mismo con el que ganó el prestigioso Premio Sapir de Literatura de Israel a principios de este año.



Yad Vashem



Entre la exhibición de los judíos europeos antes del ascenso del nazismo y la de la Kristallnacht había una barrera de cristal transparente. Esta partición tenía un significado simbólico directo: para los no iniciados, la Europa de antes y la de después de la noche de ese pogromo histórico podían parecer la misma, pero en realidad una y otra eran universos totalmente distintos. Eugene, que caminaba rápido, con su guía jadeante unos pasos detrás, no había notado ni la partición ni el significado simbólico. El choque fue perturbador y doloroso. Un hilo de sangre salía de sus narices. Rachel murmuró que no se veía bien y que tal vez sería bueno que regresaran al hotel, pero él sólo se metió un trozo de papel higiénico en cada fosa nasal y dijo que no era nada y que debían continuar.
     —Si no te ponemos hielo se va a hinchar —intentó de nuevo Rachel—. Vamos. No tienes que... —entonces se detuvo a media frase, tomó aire y agregó—: Es tu nariz. Si quieres que sigamos, seguiremos.

     Eugene y Rachel alcanzaron al grupo en la esquina que explicaba las leyes raciales. Mientras escuchaba a la guía con su fuerte acento sudafricano, Eugene intentó figurarse qué era lo que Rachel había empezado a decir. «No tienes que convertir todo en un dramón, Eugene. Es muy aburrido». O: «No tienes que hacerlo por mí, corazón. De todos modos te amo». O tal vez simplemente: «No tienes que ponerle hielo, pero tal vez ayude». ¿Cuál de estas frases, si alguna, había empezado a decir? Muchos pensamientos pasaron por la cabeza de Eugene la primera vez que se decidió a sorprender a Rachel con dos boletos a Israel. Él pensaba: Mediterráneo. Pensaba: Desierto. Pensaba: Rachel sonriendo otra vez. Pensaba: Hacer el amor en una suite del hotel mientras el sol empieza a ocultarse más allá de los muros de Jerusalén, tras ellos. Y en este océano de pensamientos no había habido ni el más mínimo sobre sangrados nasales ni sobre Rachel comenzando frases para no terminarlas de ese modo que a él siempre lo volvía loco. De estar en cualquier otro sitio del universo, probablemente habría comenzado a sentir compasión por sí mismo, pero aquí no. La guía sudafricana les mostraba fotos de judíos desnudándose en la nieve a punta de pistola. La temperatura, decía la guía, era de quince grados bajo cero. Un momento después de tomada la foto, la gente —todos y cada uno de ellos, las mujeres, los viejos, los niños— fue obligada a meterse en una zanja excavada en el suelo y fue muerta a tiros. Cuando terminó la frase, lo miró por un momento con una mirada vacía y no dijo más. Eugene no pudo entender por qué lo miraba a él, de entre toda la gente. Lo primero que le pasó por la cabeza fue que era el único en el grupo que no era judío, pero incluso antes de que ese pensamiento terminara de formarse en su mente él se dio cuenta de que no tenía sentido.

     —Tiene sangre en la camisa —dijo la guía con una voz que a Eugene le sonó un poco distante. Él miró la pequeña mancha en su camisa azul claro y luego dirigió la vista de vuelta a la imagen de una pareja de ancianos, desnudos. La mujer se cubría las partes pudendas con la mano derecha, intentando mantener un poco de dignidad. El marido apretaba la mano izquierda de ella con su gran palma. ¿Cómo reaccionarían él y Rachel si los sacaran de su agradable departamento del Upper West Side, los llevaran al parque cercano y les ordenaran desnudarse y meterse en una zanja? ¿También terminarían sus vidas tomados de la mano?

     —La sangre, señor —la guía interrumpió su línea de pensamiento—. Sigue goteando —Eugene metió más adentro de sus fosas nasales el papel de baño y trató de mostrar una de esas sonrisas de «Todo está bajo control».

     Comenzó junto a una foto muy grande de seis mujeres con las cabezas rapadas. A decir verdad, había comenzado cuatro semanas antes, cuando él había amenazado con demandar al ginecólogo de Rachel. Estaban sentados juntos en el consultorio del viejo doctor, y a la mitad de su monólogo medio amenazante ella le había dicho:

     —Eugene, estás gritando.

     La expresión en sus ojos era distante e indiferente. Era una mirada que no había visto antes. Realmente debía de haber estado hablando muy fuerte, porque la recepcionista entró en el consultorio sin llamar y preguntó al doctor si todo estaba bien. Había empezado entonces y las cosas empeoraron aún más mientras estaban ante la foto de las mujeres rapadas. La guía dijo que las mujeres que llegaban a Auschwitz embarazadas debían abortar antes de que comenzara a notarse, porque un embarazo en el campo de concentración significaba, siempre, la muerte. A media explicación, Rachel dio la espalda a la guía y se alejó del grupo. La guía la vio alejarse y entonces miró a Eugene, que balbuceó, casi instintivamente:

     —Lo siento. Es que acabamos de perder un bebé.

     Lo dijo lo bastante alto como para que la guía lo oyera y lo bastante bajo para que Rachel no. Rachel siguió alejándose del grupo, pero incluso desde lejos Eugene pudo detectar el temblor que corría por su espalda cuando él habló.

     El sitio más conmovedor y poderoso del Yad Vashem era el Memorial de los Niños. El techo de esta caverna subterránea estaba repleto de incontables velas memoriales que intentaban —no con mucho éxito— disipar la oscuridad que parecía abrirse camino en todo. En el fondo estaba la banda sonora, recitando los nombres de niños que habían muerto en el Holocausto. La guía dijo que eran tantos que leer todos los nombres tomaba más de un año. El grupo empezó a salir, pero Rachel no se movió. Eugene se quedó de pie tras ella, congelado, escuchando los nombres que alguien leía, uno por uno, monótonamente. Dio una palmada en la espalda de ella, sobre su abrigo. Ella no reaccionó.

     —Lo siento —dijo él—. No debí haberlo dicho como lo dije, enfrente de todo el mundo. Es algo privado. Algo sólo de nosotros.

     —Eugene —dijo Rachel, y siguió mirando las débiles luces sobre ella—, no perdimos al bebé. Tuve un aborto. No es lo mismo.

     —Fue un error terrible —dijo Eugene—. Estabas emocionalmente vulnerable y yo, en vez de tratar de ayudarte, me hundí en mi trabajo. Te abandoné.

     Rachel miró a Eugene. Sus ojos se veían como los de alguien que hubiese llorado, pero no había lágrimas.

     —Estaba emocionalmente bien —dijo—. Tuve el aborto porque no quería al niño.

     La voz en el fondo estaba diciendo «Shoshana Kaufman». Muchos años antes, cuando Eugene estaba en la primaria, había conocido a una niña pequeña y gorda con ese nombre. Sabía que no era la misma, pero la imagen de ella, muerta en la nieve, de cualquier manera apareció ante sus ojos por un segundo.

     —Ahora dices cosas que no quieres decir de veras —le dijo a Rachel—. Las dices porque estás pasando por un momento difícil, porque estás deprimida. Nuestra relación no está yendo bien ahora, es cierto, y tengo mucha de la culpa, pero...

     —No estoy deprimida, Eugene —lo interrumpió Rachel—. Simplemente no me siento feliz contigo.

     Eugene se quedó en silencio. Escucharon algunos nombres más de niños asesinados y entonces Rachel dijo que iba a salir a fumar. El lugar era tan oscuro que era difícil determinar quién estaba allí. Fuera de una mujer mayor, japonesa, de pie muy cerca de él, Eugene no podía ver a nadie. Supo que Rachel había estado embarazada sólo hasta enterarse de que había abortado. Se había puesto furioso. Furioso de que ella no le hubiera dado ni un minuto para imaginar juntos a su bebé. De que no le hubiera dado la oportunidad de poner la cabeza en su vientre suave y tratar de escuchar lo que sucedía adentro. La rabia había sido tan abrumadora, recordó, que le había dado miedo. Rachel le dijo que era la primera vez que lo veía llorar. Si se hubiera quedado unos minutos más, lo habría visto llorar una segunda vez. Sintió una mano tibia en su cuello y cuando alzó la vista vio a la japonesa de pie justo al lado de él. A pesar de la oscuridad y de sus gruesos lentes pudo ver que ella también estaba llorando.

     —Es horrible —dijo a Eugene con un espeso acento extranjero—. Es horrible lo que las personas son capaces de hacerse unas a otras.