viernes, 27 de junio de 2014

Leer la mente – Jorge Volpi




      Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción (Alfaguara, 2011) de Jorge Volpi (escritor mexicano, 1968) es un extenso ensayo donde el autor expone, clasifica y describe los mecanismos mediante los cuales la mente humana está ligada a la ficción (en cualquiera de sus representaciones), haciendo uso de teorías y análisis científicos, psicológicos e históricos; examina en diversos aspectos la mente humana y su forma de trabajar con la realidad en base a la ficción. Volpi ha ganado numeroso premios en el ámbito literario y se ha desarrollado tanto en novela como en cuento y ensayo.

       En el prólogo, el autor explica y define varios de los términos y conceptos con los que trabajará durante el texto, creando así un contexto preliminar impregnado de la ideología que desarrollará en el ensayo, introduciendo al lector de manera clara y específica al mundo de la ficción, con la ayuda de ejemplos ilustrativos y elementales.

      Para Volpi, el arte, y en especial el arte de la ficción, nos ayuda a adivinar los comportamientos de los otros y a conocernos a nosotros mismo, lo cual supone una gran ventaja frente a especies menos conscientes de sí mismas. Me enfocaré primero en la definición de arte, pero el problema radica en que este concepto en la actualidad es muy amplio, pues el significado, así como la interpretación del término, varía entre las diferentes épocas transcurridas, las diversas culturas y los distintos movimientos artísticos, por lo que la manera más objetiva de definirla será “una manifestación de índole creativa hecha por el ser humano”. En palabras de Volpi, El arte no sólo es una prueba de nuestra humanidad: somos humanos gracias al arte. Se tomará entonces al arte como cualquier obra hecha por el ser humano que tenga una intención comunicativa o estética y que exteriorice ideas, impresiones o una perspectiva subjetiva de ver el mundo a través de diferentes recursos que van de lo abstracto a lo físico.

    Los investigadores consideran que al aparecer el Homo sapiens, la primordial función del arte era ceremonial, mística o fantástica y que se modificó a la par de la evolución humana, alcanzando un factor estético y un compromiso social o educativo. Para Volpi, la aparición del Homo sapiens dio como resultado el surgimiento de la ficción: los mecanismos cerebrales por medio de los cuales nos acercamos a la realidad son básicamente idénticos a los que empleamos a la hora de crear o apreciar una ficción.

      Volpi considera que el conocimiento del mundo y su recreación o invención se llevan a cabo mediante artilugios casi idénticos, ya que no sólo vivimos en el mundo como espectadores, sino también como creadores, pues la realidad está conformada por  elementos físicos ya establecidos por parte de la naturaleza y por elementos creados por el imaginario colectivo o representaciones interiores compartidas socialmente que regulan el comportamiento y la conducta para la subsistencia de la especie.

     Al vivir en sociedad, el ser humano está aceptando una especie de acuerdo para poder convivir en armonía, bajo los parámetros de comportamiento establecidos previamente por sus integrantes. En la mente de cada individuo, gracias a la percepción del exterior, se llevan a cabo procesamientos que dan vida a diferentes ideas y conceptos que debe adecuar a la “realidad” de los demás, a la “realidad” común, en una especie de emulación. De ahí también que la cultura se componga en parte por el arte, siendo este el ámbito donde se manifiesta la realidad social contextual, comprendiendo sus valores y creencias.

       Dando un salto a través de los siglos y llegando a la época actual, siglo XXI, esta es la pregunta que impera en el planeta: ¿Por qué el ser humano se siente tan atraído por el mito, las historias fantásticas, las leyendas y en general cualquier tipo de ficción? El término ficción surge del latín fictus, que significa fingido o inventado. Se entiende, entonces, por ficción, la representación de la realidad que efectúan las obras literarias, cinematográficas o de otro tipo, al representar un mundo imaginario al receptor.

De esta forma, la ficción está jugando el papel de mimesis de la realidad, pues la obra (del índole que sea) se basa en la vida real o en hechos que acontecieron o podrían acontecer y por lo tanto en actos verídicos que dan pauta a la creación de actos imaginarios que siempre podrán ser posibles mentalmente, pues se tienen  fundamentos hipotéticos y justificables que dan las bases necesarias para recrearlos en una realidad imaginaria y paralela. El mundo ficcional establece un vínculo análogo con el mundo real que le otorga un valor referencial, mientras que su valor cognitivo se encuentra en la mímesis creada con el mundo o realidad interna del receptor, a partir de diversas afinidades. Ya sea mediante personajes, vivencias, escenarios, diálogos, historias, crónicas o relatos (o todo lo anterior), en el cerebro del receptor se crea una representación mental de aquella ficción y es precisamente en ese momento cuando se vuelve real, a nivel de una estructura especulativa.

Es pertinente mencionar en este momento el concepto que Volpi hace en su ensayo del yo, pues Si algo parece distinguir la conciencia humana, según todos los testimonios que hemos recabado, es la sensación de que una línea divisoria separa el “adentro” del “afuera”, el yo del mundo. El yo es entonces un símbolo de contorno o perímetro que delimita lo propio de lo externo, lo personal de lo público. Para Volpi, el yo es simplemente una creación del cerebro para obtener una forma de crear una separación entre lo subjetivo y lo objetivo, de manera que cada cual tenga sus límites y no haya lugar a confusiones.

        Para Volpi, Los humanos somos rehenes de la ficción. Ni los más severos iconoclastas han logrado combatir nuestra debilidad y nuestra dependencia por las mentiras literarias, teatrales, audiovisuales, cibernéticas. Pero ellas no nos deleitan, no nos abducen, no nos atormentan de forma adictiva por el hecho de ser mentiras, sino porque, pese a que reconozcamos su condición hechiza y chapucera, las vivimos con la misma pasión con la cual nos enfrentamos a lo real. Porque esas mentiras también pertenecen al dominio de lo real. ...en resumen: la conciencia humana aborrece la falsedad y, al menos durante el tiempo precioso que dura la ficción, prefiere considerarla una suma de verdades parciales, de escenarios alternativos, de existencias paralelas, de aventuras potenciales. Estar frente a una ficción representa una especie de trato entre la obra y el espectador, idea que resulta muy similar a la regla F del filósofo y comunicólogo Siegfried J. Schmidt. Esta regla F o fictivización es un pacto donde los participantes aceptarán como real o verdadero todo lo creado por el autor, haciendo un acuerdo para no dictaminar o enjuiciar a la obra literaria (que en este caso se extrapolará a cualquier tipo de obra artística) como algo verdadero o falso, pues los criterios de veracidad quedan suspendidos. Es un pacto aceptado implícitamente por ambos lados (creador y destinatario) y se da según el contexto o la diferente realidad interpretativa mediante la cual sea  percibida la obra.


Siegfried J. Schmidt

Gracias a este mecanismo de asociación realidad-ficción cerebral, Volpi llega a la deducción de que la ficción es uno de los primordiales mecanismos para la supervivencia del ser humano, pues lo ayuda a imaginar y predecir sus acciones en ciertas situaciones que podrían ocurrir, pues se apropia de esas vivencias y  al experimentarlas mentalmente, a través del simulacro, es como si las experimentara en la vida real.

         Vivir experiencias a través de otros mediante la ficción es más que un anhelo pueril de comportamiento (niños y niñas jugando a ser superhéroes o personajes de películas infantiles así como adultos pensándose como protagonistas fictivos al identificarse con ellos y que también conlleva cooperación, si se realiza en grupo) es una conducta provista con sólidas ganancias evolutivas, capaz de transportar, de una mente a otra, ideas que acentúan la interacción social. La empatía. La solidaridad. Empatía y solidaridad que por supuesto deben estar presentes en todos los individuos, para que pueda darse la apertura y el entendimiento  necesarios para comprender a los demás y así se logre una coexistencia pacífica de la especie. Por lo anterior, nuestro cerebro siempre nos impulsa a colocarnos en el lugar de los personajes de un cuento o una novela. Es empatizar no sólo con la situación o la vivencia, sino con los personajes mismos y adentrarse en ellos, hasta poseerlos.

Ya se advierte, por lo tanto, la importancia de la ficción en la vida del ser humano: es un artilugio que puede garantizar su supervivencia en determinados momentos predecibles del futuro (así como ocurrió en el pasado) y para comprender la realidad, pues fue necesario el desarrollo de esta competencia “fictiva” (por llamarla de alguna manera) en los seres humanos. Es un componente sumamente importante y complejo en el procesamiento de control de la realidad, por lo que resulta de significativa consideración su eficaz desarrollo: sin él, el ser humano no podría manejar nada fuera de sí mismo e incluso resulta pertinente pensar que también se le dificultaría conocer lo que hay mentalmente en su interior.

          Siguiendo esta lógica, otra explicación científica en la que incurre Volpi es la siguiente: el cerebro vive la ficción al igual que vive la realidad, con la única finalidad de poder saber que ocurrirá en seguida, pues por su naturaleza, el ser humano vive suponiendo y especulando sobre el futuro, inmediato o lejano, pero siempre (gracias a la ayuda de la imaginación) deduciendo y conjeturando sobre lo que podría suceder.

        Pero no es que las acciones repetitivas o cotidianas despierten mayores dudas sobre lo que podría ocurrir a continuación, pues el ser humano realiza actividades cotidianas que mantienen su existencia con cierta  comodidad y seguridad en lo habitual, por lo que requiere de sucesos o hechos novedosos para reavivar su cerebro, y la mejor y más eficaz ayuda es la ficción, pues en ella descansa la clave a la que se hará adepto incondicional: la incertidumbre, lo problemático, lo desconocido y por esto mismo, siempre insólito.

          Respecto al acto de leer, este es un suceso que ayuda a comprender a muchos otros seres humanos que pueden o no ser reales pero que, finalmente, fueron creados por un semejante y por lo tanto tienen características humanas esenciales.  Respecto a esto, Volpi dice que Leer ficciones complejas… se convierte en una de las mejores formas de aprender a ser humano. En la ficción, entonces, se encuentran sensaciones y acciones únicamente humanas, tanto positivas como negativas: emociones, sentimientos, reflexiones, consciencia, ideología, reflexiones, escrúpulos, prejuicios, etc.

           Volpi también menciona, acertadamente, que la ficción comenzó cuando se prefirió aceptar la mentira en lugar de contradecirla, cuando se tomó como algo verdadero a pesar de saber  su fraudulenta identidad, convirtiéndola así en una adaptación evolutiva.

            Respecto al engaño y la falacia, para Volpi Las ficciones no son falsedades comunes y corrientes, ni siquiera engaños asumidos a conciencia: son simulacros de la realidad, que es otra cosa. Y efectivamente, es otra cosa muy diferente. La simulación o fingimiento tiene como finalidad imitar, pero siempre dejando claro que se trata de una imitación y por lo tanto se realiza de manera deliberada, mientras que el engaño también tiene un fin, pero este es el de sustituir la realidad haciéndola pasar por la realidad misma sin dar visos de su verdadero origen, buscando el fraude.

         Volpi también habla sobre la teoría de los bucles extraños del científico y filósofo Douglas Hofstadter  que, en muy pocas palabras, ocurren cuando un sistema lógico se refiere a sí mismo, “salta” un nivel en la cadena de abstracción, formando y organizando un prototipo de conciencia que llega, posteriormente, a la percepción del yo. Se puede establecer que la conciencia es el producto de pensamientos que razonan sobre sí mismos hasta darse cuenta de ello (tomar conciencia)  y reconocerse como entidad pensante autónoma, de donde surge, posteriormente y como consecuencia, el tan citado yo.


Douglas Hofstadter
             
        A continuación, Volpi analiza el tema de la máquina de Turing (fabricada, por supuesto, por le genio británico Alan Turing) un mecanismo que sirvió para poder crear la primera computadora y que hasta ahora sigue siendo utilizado en ellas. En resumen, la máquina está conforma por una cinta marcada con el sistema binario y un elemento que lee y escribe, según el caso, estos símbolos, realizando un trabajo en serie. Esto viene al caso porque Volpi hace una asociación de la forma en que funciona esta máquina con el funcionamiento del cerebro humano, específicamente en la forma en que actúa el flujo de conciencia. Una vez que el ser humano desarrolla la conciencia, ésta se apropia de su mente y está activa en todo momento.


La máquina codificadora alemana 'Enigma'.


           Mediante el test de Turing se hizo un experimento para ver si una computadora podría tener, en algún momento (en caso de que pudiera crear bucles extraños para así poder concebir a su conciencia), las mismas respuestas que una persona daría a diversas interrogantes. Este test nunca obtuvo tales resultados, pues las computadoras nunca pudieron imitar  las respuestas del cerebro humano.

Alan Turing

          La mente humana tiene una forma singular de trabajar, ya que las neuronas a la hora de enfrentar un nuevo problema, rastrean y analizan de forma simultánea cientos de patrones similares, cuidadosamente ordenados en la memoria, a fin de encontrar la solución más adecuada para cada uno. Asociar situaciones, lugares, acciones o hechos a algún acontecimiento vivido previamente y que tenga las mismas características es un trabajo que realiza la mente humana de forma inherente y natural, para encontrar la forma más lógica y factible de actuar, lo más rápido posible, y sortear cualquier tipo de problema o imprevisto de cualquier índole siempre.

El cerebro crea modelos o guías que usa a diario para facilitar su existencia que, como cualquier otro sistema o parte del cuerpo, se atrofian si no son utilizados con frecuencia. Esta es la explicación de que las cosas se olviden o se recuerden con facilidad: se olvidan cuando sus conexiones se han abandonado (cuando sus referentes no se han reforzado) y por lo tanto el cerebro lo relega al olvido, pues a pesar de no tener un espacio limitado de información, como cualquier dispositivo de almacenamiento, si tiene un límite para la información más cercana (una especie de memoria RAM, en computación) que debe tener los elementos más frecuentes y necesarios siempre listos, de manera que los elementos que no son tan importantes o frecuentes son relegados o, simplemente, olvidados.

Para el cerebro un hecho real o ficticio, a nivel mental, es exactamente lo mismo, pues ambos se desarrollan mediante los mismos impulsos electroquímicos, por lo cual para él ambos ocurrieron con la misma vivacidad y guarda patrones de comportamiento de ambos, razón por la cual la ficción deviene en algo verídico y la identificación con sus elementos se da con suma realidad.

Como el mismo Volpi lo dice, las ideas no tienen dueño, el genio consiste, en todo caso, en modificar – en mutar – las ideas de los otros, en volverlas más eficaces o más precisas. Y es en este punto donde se le puede otorgar el mérito no de ser el primero en pensar todas las ideas anteriores en su texto (pues este es ya el final del capítulo 4, página 114), sino en conjugarlas en un mismo sitio y darles su toque personal, pues muchos han sido quienes han publicado libros, textos de diferentes extensiones, ensayos y demás obras escritas al respecto. El merito entonces, a partir de la conjugación de información y el tratado personal de esto, es que Volpi compagina ciencia con ideologías subjetivas tanto de otras personas como de él mismo, logrando en su ensayo un estudio científicamente comprobable y por lo tanto válido.

Sólo queda por ver a las neuronas espejo. La neuronas espejo son las encargadas de activar la imitación, mecanismo esencial para nuestra supervivencia así como la empatía. Para Volpi, toda la fuerza o poder de la ficción se encuentra en la labor realizada por las neuronas espejo, pues ellas se encargan de crear la conexión entre la persona y la obra de ficción, de donde se desprende una idea todavía más amplia y generosa, la humanidad. Las neuronas espejo son las responsables del entendimiento entre los seres humanos, de que exista comprensión y entendimiento entre ellos para que pueda surgir la tolerancia y el respeto.

Por todo esto, la ficción, y en especial las obras que pueden ser consideradas como canónicas, sin contar toda la buena literatura que existe actualmente (sin entrar en detalles sobre lo que es “buena” o “mala” literatura, pues es un trabajo sumamente grande y laborioso) no son sólo un pasatiempo o una actividad agradable de ocio: transforman a la persona que las lee gracias a todos los mecanismos mentales que suceden a través de la lectura y de la activación de diversas capacidades mentales que la acercan a su especie y por lo tanto la hacen más humana: …las emociones provocadas por la ficción (o la poesía) nos enseñan a ser auténticamente humanos.*


El libro lo pueden adquirir en las librerías Gandhi, El Péndulo y El Sótano.
*Todas las citas utilizadas fueron sustraídas del libro Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción.

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