martes, 17 de junio de 2014

Subrepticio - Lola Ancira

Tras meses sin publicar cuentos de mi autoría aquí o en otro medio, me complace anunciarles que Subrepticio, uno de los últimos cuentos que he escrito, ha sido publicado hace unos días en la revista digital La hoja de arena.

Pueden leer el cuento directamente en el sitio en el siguiente enlace, en el que hay algunas opciones para compartirlo en diferentes redes sociales.

Esta es también la primera vez que escribo algo respecto a mis cuentos como introducción, que sólo había hecho cuando los cuentos pertenecían a otros autores, y formará parte de los cambios que van surgiendo en el blog, así que, lectores imaginarios, espero que les agrade.

Específicamente, al escribir este cuento, recordé una frase que asegura que si el autor no se conmueve con lo que escribe, el lector tampoco lo hará, y sólo me queda decir que volver a este relato me deja con una sensación de desasosiego y ansiedad que sólo se experimentan al estar ante una situación (real o ficticia) que implica anular esa seguridad consabida que construimos al rededor de nuestras vidas y con la que hemos creado un tipo de red de soporte para poder existir.

Dejen entonces que su imaginario encuentre el peligro a través de las sensaciones que esta lectura les podría provocar, ¡adelante!


De la película "Lolita" (1997).



Dos llamadas a su teléfono celular bastaron para lograr la intimidad necesaria. Por alguna razón, no pudo más que ser honesta con aquella voz anónima pero decidida, con ese tono masculino que pronunciaba las palabras con exactitud y que parecía tener el diálogo preciso. Aquella voz que había surgido de la nada sabía detalles que sólo puede conocer alguien que observa con atención durante largo tiempo, y ese halo de misterio fue precisamente lo que le permitió idealizarlo y asociarlo con una figura a la que deseaba conocer y tener cerca. En la tercera llamada concretaron el encuentro.

Pactaron un lugar cercano al colegio donde ella estudiaba, y que él tenía perfectamente ubicado, después de las clases del jueves. Ya en aquel lugar y llegado el momento, tras un saludo de reconocimiento, él, notablemente más alto que ella, la llevó por algunas calles que se volvieron desconocidas y llegaron hasta un automóvil al que la invitó a subir, a pesar de que nunca le mencionó algo sobre abordar un auto, pero la idea de una osada aventura fuera de las tardes de tareas y dibujos animados la incitó a subir. Sus labios maquillados con carmesí y los lentes oscuros hurtados a su madre contrastaban con las dos coletas de su largo cabello castaño y reafirmaban la idea en ambos de que aquella tarde sería prometedora.

El viaje estaba siendo muy largo, o al menos eso pensaba ella, un poco confusa pero siempre atenta en aquellas manos y brazos fuertes que sostenían el volante, en los músculos que se marcaban a través de su playera ajustada y los jeans que cubrían unas atléticas piernas. Sintió entonces cierta timidez en los finos vellos de sus piernas delgadas, sus calcetas blancas y sus zapatos negros, de la falda de ese uniforme con la que salía de casa hasta la rodilla y que en el baño del colegio, al llegar, doblaba en su cintura hasta que lograba acortarla lo suficiente, del suéter con sus iniciales bordadas y de su mochila de colores brillantes. Pero sintió también, esta vez con certeza, timidez por un acto que ella advertía como reprobable, pues querer devorar el mundo adulto de un bocado sin saber de lo que está hecho para lograr conocer así todos sus misterios, todas sus ruindades ocultas presentadas entonces con astucia y con una voz a modo de disfraz, era un suceso sin duda alarmante.

Se detienen repentinamente en un portón negro que no deja ver la fachada de alguna casa que debe estar detrás. Ella empieza a dudar de sus decisiones pero no quiere verse como una cobarde, así que baja del auto cuando él le abre la puerta y caminan hacia la entrada. Ya dentro, se escuchan algunos pasos en otras habitaciones, voces que susurran y puertas que se abren y cierran. A través del sonido simple de la chapa, se da cuenta de que él no cerró con llave y siente entonces un pequeño alivio. La conduce a lo que parece ser una sala y la coloca en el centro de un sillón para dos personas, justo enfrente de una cámara de video que tiene una pequeña luz roja parpadeando. Le dice que volverá en un momento y que se sienta libre, como en su propia casa; pero en lugar de la tranquilidad usual que otorga esa idea, un estremecimiento eriza sus vellos y lo trata de ocultar al instante, frotando sus piernas, pues escucha unos pasos que se acercan con rapidez.

Espera ver aquel cuerpo tan bien estudiado pero en su lugar aparece, en el resquicio de una puerta del otro lado de la habitación, una figura casi idéntica a ella en cuanto a proporciones, debe ser una niña de diez u once años, vestida de una manera particular, con la que sólo había visto a algunas mujeres en hojas de revistas regadas en las calles o en páginas de Internet que salen sin previo aviso. También está maquillada, pero no deja ver todo su rostro. Inesperadamente, debajo de ese rostro, se asoma otro con las mismas características y luego un tercero, este último ostentando una marca violácea que rodea el único ojo que deja asomar. Sueltan algunos sonidos ininteligibles y la observan atentamente, incluso señalan el lugar por donde él entró y hacen ademanes de que vaya, que “regrese por donde ha entrado”, quiere interpretar ella, con sensatez. Pero bajo esta confusión irritante y a punto de ponerse en pie, aparece él precisamente en el lugar que estaba siendo señalado y las caras y brazos se esconden con una premura aprendida y temerosa, por lo que probablemente no fueron vistas por nadie más que ella.

Él camina con una sonrisa un poco diferente a la que ella conocía. Se acerca a la cámara y oprime un botón con el que la pequeña luz roja ya no parpadea: se ha convertido en un eterno punto rojo distante que crea un testimonio veraz de todo lo que ocurre en ese lugar.

Se dirige hacia el sillón y se sienta a su lado, a unos centímetros de distancia. Gira su cabeza y la mira fijamente, aún con esa sonrisa de la que ella empieza a dudar pero en la que todavía confía. Entonces pasa lo que se había estado postergando: el besa sus labios, unos labios fríos de terror debajo de unos ojos que en ningún momento se cierran y una mente que con sorpresa advierte que aquel instante está muy lejos del planeado y estudiado tantas veces ya frente al espejo o con el dorso de la mano. Sin separarse de su rostro, ella ve como una de las manos se acerca a su cuerpo y se dirige exactamente a donde deberían estar sus pechos, a esa parte que con ansias espera que se desarrolle y por la que ahora siente aflicción, pues está siendo palpada por una mano desconocida y grande que busca algo que no hallará; quizá por eso mismo la acaricia. Su terror aumenta cuando siente cómo aquella mano baja por su vientre hasta llegar a su joven pelvis, se desliza hacia un lado y sigue bajando por el muslo derecho. Es entonces cuando él se separa de ella y le ofrece algunas golosinas como muestra de simpatía, pero sus propias manos, frías y sudorosas, le impiden tomar aquel botín. Él lo deja entonces entre los dos y toca su rostro, ese rostro agraciado que a la distancia reflejaba cierta inocencia e ingenuidad que constata ahora, al poder tocarla.

La única sonrisa de la habitación hace algunos segundos que se transformó repentinamente en otros gestos, en gestos lascivos que reflejan la verdadera intención de aquella visita. La docilidad que ella había mostrado hasta entonces ya no era una opción, por lo que intenta ponerse de pie, pero él sujeta con fuerza su muñeca, tratando de no lastimarla. Entiende ahora que todo lo que ocurra será conforme él lo decida y de nuevo se sienta, experimentando un sentimiento de vulnerabilidad que sólo se puede sentir a los once años, pero al mismo tiempo advierte poder y serenidad, un visible dominio de la situación a pesar de ser caótica.

Con algunas de las reglas entendidas por la nueva jugadora, el protagonista empieza a desabotonar sus jeans. Su mirada denota ahora un lenguaje mudo que se interpreta sin necesidad de ningún idioma, ella sabe que dos voluntades opuestas buscan lograr su finalidad y que la perversidad tiene un rostro, y es precisamente el que está a su lado. Intuye que las fantasías son algo lejano ahora y que están incluso en una dimensión diferente a la de la realidad, que no basta imaginar para conocer. Todo esto pasa por su cabeza al tiempo que él se frota sus genitales frente a ella, sin anunciar la inminencia del momento. Repentinamente, libera un órgano que ella había imaginado ya pero que al saber real cobra una sensación de riesgo inminente que excede cualquier acto y posibilidad imaginada, que la sitúa en la realidad y que vuelve tangible al terror.

Él toma una de sus manos y se sorprende al percatarse de la baja temperatura en ella y el aparente dominio y entereza de aquella niña. Guía la mano hasta su miembro y hace que lo toque ligeramente. Entonces, haciendo uso de la fuerza necesaria, toma su cabeza y la acerca cada vez más a su entrepierna. Pero, incluso en tal circunstancia, existen ciertas delicadeza y parsimonia en el trato que empieza a provocar ciertos efectos en quienes no estaban contempladas en esta escena.

La resistencia no se hace esperar y ya con visibles lágrimas corriendo por su rostro, pronuncia un “no” que con dificultad se hace audible. Él se detiene entonces y limpia las lágrimas con sus dedos pulgares, tratando de evitar la catástrofe, los gritos, los golpes. Porque a pesar de la situación, empieza a importarle, pero no lo suficiente como para liberarla. No ahora, no en este álgido y placentero momento. Logra de nuevo tomar las glaciales manos y colocarlas en su miembro, que al contacto con el cambio brusco de temperatura obtiene un placer singular que lo priva en los segundos exactos en que el ataque infantil se desata: tres niñas pequeñas salen corriendo, toman en sus manos cualquier objeto disponible: un teléfono fijo, un pequeño jarrón de porcelana china y un cenicero de vidrio grueso. Pasan desapercibidas incluso por ella, que en ese momento mantiene los ojos cerrados tan fuerte como le es posible.

Los golpes se suceden de manera rápida y alarmante: al tiempo que el jarrón se estrella en la cabeza del proxeneta, el cable del teléfono fijo rodea su cuello y es tirado con fuerza mientras que el cenicero golpea certeramente sus testículos. No sabiendo a que dolor atender primero, él involuntariamente libera un sonoro grito con el que ella por fin abre los ojos y se da cuenta de lo que ocurre. Es una oportunidad que no estaba planeada, una oportunidad de libertad otorgada involuntariamente por el recelo y la envidia de las otras criaturas confinadas.

Sin quedarse a observar aquella épica batalla, sólo acierta a tomar su vistosa mochila (que dejó precavidamente a un lado de la puerta principal) y salir al portón que, por más que intenta, no logra abrir. Los gritos no se han dejado de escuchar y presiente que en cualquier momento estará de nuevo dentro de la casa, por lo que busca desesperadamente una salida de la situación errónea que ayudó a crear. Logra ver, en la parte donde el portón se unía a la pared, una pequeña entrada en la parte baja, un recuadro tapado únicamente por una cortina de plástico, que seguramente dejaba entrar y salir algún tipo de animal pequeño. Al siguiente segundo logra salir a través de él y pisar ese mundo del que fue separada los minutos suficientes para conocer una parte aún inexplicable de la vida. Corre en la dirección en que ve más luces, a pesar de que ser diminutas, y se pierde en una infinidad de árboles y veredas.

Después del fracaso, él deja pasar uno, dos días. Al tercero, imagina cómo será la llamada: le preguntará porqué se marchó, lo mucho que le había gustado y que todos los dulces que había comprado sólo para ella seguían ahí, en el sillón. Prometerá no volver a besarla, a tocarla, hará cualquier cosa que haga que ella esté de nuevo con él. Imagina también cual será la respuesta a sus palabras y que no tendrá que esperar más de un par de horas para volver a tenerla justamente donde y como él quiere. El error estúpido de la puerta sin asegurar no se volverá a repetir y aquellas entrometidas ya han aprendido bien la lección (y seguramente la compartirán con su futura compañera de juegos).

Toma el teléfono celular y marca el ansiado número. El timbre suena una, dos veces. Deja que suene dos veces más y cuelga. No puede creer que lo haga esperar tanto. Pero ya se vengará a su modo. Marca una vez más. Al segundo timbre, ella acepta la llamada, pero no se escucha su voz. Toma entonces la iniciativa y con un efusivo “¡Hola! Me encantaría volver a verte, me fascinaste. ¿Cuándo puedes?” espera obtener la respuesta deseada y salir de inmediato por ella. Pero como toda respuesta recibe dos palabras, que salen de una voz más profunda que la suya y aún más grave, que contesta:

―¿Quién eres?

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